Volver a las canchas

Me escribe una chica que no lo está pasando bien. El tema: el acostumbramiento a los cuerpos, o tal vez a un cuerpo en particular y el cómo volver a las canchas. Y, aturdida por una avalancha de flashbacks de hace años, muy poco elegantes, con muchos pañuelos de papel y mocos, le digo que sí. Que sé de lo que habla.

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Me dice que luego de haber estado con alguien por mucho, mucho tiempo, el volver a la soltería y encontrarse con otros ha generado encuentros sexuales que le han resultado desafiantes: no se siente libre de hacer lo que a ella le gusta, de decir ciertas cosas. Territorio extranjero.

Y es que hay que ir tanteando. Y en el tanteo a veces uno termina caminando en puntas de pies, como para no molestar, como para no parecer rara, como para no desencajar.

Está hablando de sentirse alien. Y ay del que no lo haya vivido, porque es de esas sensaciones para las que uno nunca está listo.

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Quizás porque yo soy irremediable y ridículamente nostálgica -al punto de que a mí misma me agota- me pasa que siempre que estoy con alguien calibro cuánto extrañaré a ese cuerpo, cuánta falta me hará esto que en este momento tengo tan a la mano, cuánto compararé ese cuerpo a otros cuerpos posibles. Y en ese mismo momento empiezo a echar de menos estando presente. Y me pierdo.

Pero ese cálculo no es por nada. Es por que la mayoría de las veces -a menos que ese encuentro sea excepcional, relevante, impactante, estelar, magnífico- las personas pasan. Las relaciones se terminan más temprano que tarde. Nos agotamos y luego es bye, bye, alligator, after a while, crocodile. Sniff.

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Pienso que tal vez todo lo que hacemos respecto del amor y del sexo tiene que ver con encontrar un cuerpo y una cabeza que nos parezcan un hogar posible, o un origen, o una respuesta a una pregunta que no nos habíamos dado cuenta de que nos habíamos venido haciendo hace tiempo.

Bang, bang, bang, paaaafff.

Caer desfallecidos sobre una cama y decirle al otro: “Hazme lo que quieras”.

Para mí el amor -o el comienzo del amor- es adorar un cuerpo y sus particularidades: la forma en que alguien se retuerce cada vez que le da un ataque de risa, la manera en que achina los ojos cuando se siente feliz, la forma en que su piel responde a mi manera de tocarlo. Sus lunares, sus pecas, sus cicatrices, sus leves pliegues de piel que no alcanzan a ser arrugas. Quiero memorizarlo todo y por eso me paso mucho tiempo mirando: porque siento que si no lo hago, ese cuerpo se me evapora.

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Tu cuerpo es mi cuerpo.

O eso es lo que sentimos en algún momento. Como si el cuerpo del otro fuese un territorio conocido al revés y al derecho. Como si lo más normal de la tierra fuese tener ese cuerpo a disposición. Estirar la mano, rozarlo con la punta de los dedos, acercarse a su cuello y olerlo, besarle la oreja.

Y qué fantasía más bonita esa, la de la compenetración absoluta, la de la eternidad del tiempo.

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Después del amor o de una relación larga o de acostumbrarse a un cuerpo tanto que ese cuerpo se ha vuelto un refugio, es duro volver a otros cuerpos. Ese quiebre es un final, y ese final exige un siguiente volumen: una continuación de una historia que ya no es la misma de antes, un giro. Requiere reajustarse, volver a hacer preguntas, partir de cero. Resucitar la curiosidad. Recuperar la paciencia.

La intimidad -de la que creo que hablamos poquísimo para lo importante que es- requiere de tiempo, de intensidad, de voluntad. Y la lata es que normalmente cuando salimos con gente nueva nos armamos con una cantidad de capas protectoras que nos inmovilizan. Cual guerrero medieval en plena batalla, ponerse la armadura es inteligente y sensato, pero al mismo tiempo, limitante -nadie corre cual gacela con tanta protección, nadie es una tina tibia en la que uno sumerge la punta de los dedos si andamos tiesos y nerviosos-. El resultado: la torpeza. Nada fluye. Tener sexo es tan relajado como una clase de crossfit (y no salgan con que aman el crossfit porque incluso los que lo practican saben que es una práctica sadomasoquista disfrazada, que en el fondo es similar a pellizcarse los pezones con pinzas).

¿Cuánto nos demoramos en ver realmente al otro? ¿Cuánto tiempo tendremos que invertir para aprender a saber qué le gusta, para poder proponerle cosas que queremos hacer con él o simplemente hacerle a él? ¿Cuánto tiempo para que entienda la diferencia entre un saludo con un beso con lengua y otro que es solo un roce de labios? ¿Cuánto para decirle en la cama las cosas que apenas nos atreveríamos a escribirle?

Toma tiempo. Eso es todo lo que sé.

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Una felicidad sencilla: cuando en plena calentura se pierde el decoro sin perder de vista al otro. Cuando a pesar de que ese cuerpo nos sea todavía desconocido o ajeno, nos atrevemos a decir: hazme esto, tócame así, dime esto. Cuando el otro en vez de pasmarse, lo hace.

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Pienso en la vergüenza, en el pudor. En cuánto uno deja en la cancha y cuánto se guarda.

Un consejo de mi sabia madre, que pocas veces he seguido: “No te vayas al chancho a la primera, por favor” (viste mamá, te escucho, solo que no te hago mucho caso. Perdóooon). Pero he desobedecido por un buen motivo: porque la situación lo exige. Porque si no hay riesgo -un exponerse, un vulnerarse- el sexo se vuelve fome, un lugar común, mecánico y predecible, polite. Y para tener sexo educadito, mejor ver sola una serie en Netflix.

Si uno va por el camino salvaje, como diría Lou Reed, hay poco de lo que aferrarse, y eso da susto. Proponer algo y que te digan que no. Tocar a alguien de una manera y que no le guste. Decirle que algo te calienta y darte cuenta de que la sola idea les repele. Atroz. Hundámonos todos.

Atroz, pero mejor que nada. Mejor que tener sexo tibión.

Riesgos, pero riesgos buenos, en cualquier caso, porque mientras antes uno sabe qué piso está tocando, mejor, ¿o no?

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Toma tiempo. Toma tiempo desacostumbrarse de un cuerpo y volver a encontrarse con otros. Toma tiempo también porque si uno viene de una relación larga, hay cosas que uno da por hechas -pequeñas comodidades que uno no se cuestiona y que la soltería pone en jaque: hay inseguridades porque a esa persona nueva no tiene por qué gustarle mucho tu cuerpo ni no ser crítico contigo. No tiene por qué mirarte con amor ni mucha tolerancia-. En una relación la base está en la aceptación mutua: este es tu cuerpo, este es el mío, nos gustamos. Con una persona nueva hay un periodo de testeo, de tratar de entender los ritmos del otro. De cachar en qué plano estamos.

Yo no sé si hay tiempos engranados en nuestras cabezas -tiempos para llorar y extrañar, tiempos para odiar, tiempos para recogerse a pedacitos- pero intuyo que sí. E intuyo que lo tiempos son proporcionales también a la intimidad que se ha tenido con esas otras personas. Es más fácil olvidar un enganche pasajero que un enganche intenso y prolongado.

Recuerdo haber salido de una relación hace mucho mucho tiempo y sentirme devastada porque no sabía qué hacer con mi cuerpo ni con mi cabeza para poder pensarlos como algo distintos a los de él, cómo hacer para asumir que tendría una historia que en el futuro sería divergente, con otra persona.

Tal vez no podemos hacernos los tontos con esto: el tiempo que pasamos compartiendo con otros -y, obviamente, con sus cuerpos- es un tiempo en el que nuestros cuerpos se adaptan a su presencia, a su manera de tocar, a la historia que ellos mismos se cuentan y en la que nos incluyen. Cuando esos caminos divergen, requiere de un periodo el volver a nuestro centro a reacondicionar las piezas.

Y es recién ahí damos vuelta la página, empezamos de nuevo, y recién ese comienzo es el puntapié para volvernos a enamorar. O al menos a tirar bien.

Amores platónicos

Cuando era chica tenía una mejor amiga, F.: de cara redonda y pelo corto a la altura de las orejas, piel blanca y pecosa, dientes pequeños y ojos de un celeste deslavado que me parecía precioso y que, desde el fondo de mi corazón de 9 años, envidiaba. Éramos compañeras de banco, pero más que eso, éramos un pack: si alguien pensaba en mí, debía considerarla a ella, y viceversa. Inseparables. “Uña y mugre”, decía mi mamá. Al final del día, cuando llegábamos a nuestras casas, esperaba su llamado o, ya pasadas un par de horas, la llamaba yo. Recuerdo la felicidad absoluta de escuchar la voz de la otra a la distancia. Teníamos secretos inconfesables -todo lo inconfesables que pueden ser los secretos a esa edad- y planes para el futuro: viviríamos cerca, nuestros hijos serían amigos, nuestros maridos (porque habría maridos), serían amigos también. Tendríamos una vida juntas, porque la vida sin la otra era impensable.

“Terminamos” cuando cumplimos 14: ya no estábamos en la misma sintonía, de la misma manera en que las parejas terminan. Me encontré sola luego de años de devoción platónica. Con el tiempo empecé a tener nuevas amigas, pero estas amistades no eran ni una pizca de intensas de lo que había sido mi amistad con F.: más rígidas, tal vez incluso más competitivas, menos entregadas. Algo se había roto.

Me resulta evidente ahora que ella fue la primera forma de amor que conocí -aparte del de mi familia-. Un amor platónico, con todos sus beneficios, dolores y compromisos.

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Un amigo me envía un link a un artículo en el que Mark Greene toma un libro de Niobe Way que investiga la soledad de los hombres y la vincula a la pérdida de las amistades de la niñez producto de una exigencia sociocultural de “hacerse hombres”; es decir, de encajar en un ideal de masculinidad donde no pueden darse el lujo de correr el riesgo de ser considerados gay, demasiado suaves o sensibles. En la necesidad de representar ese rol, tienen que negar su lado femenino y adoptar un régimen emocional estricto para probar que son “hombres”.

¿Qué es ser hombre? ¿Hacerse hombre? ¿Ser masculino? A la rápida, el estereotipo del llanero solitario, del hombre que no llora ni se conmueve, de la mirada práctica y desapegada de las cosas. El hombre que usa el sexo como validación de su poder sexual, no como una conexión con el otro. Que es dominante e incluso violento. Si va a mostrar una emoción esa emoción será la ira o la excitación. Es duro, y le gusta ser duro. (Estamos de acuerdo: es un estereotipo que fomenta el sexismo y la homofobia).

A esa pérdida de amistad le sigue una desconexión emocional y un duelo, más o menos consciente. Para encajar en la cajita del macho, hay que matar relaciones y, de la mano, espacios de intimidad. ¿Con quienes se comunican de verdad esos adolescentes y, luego, esos hombres? ¿Cómo se cultiva un espacio de intimidad si con los amigos solo se pueden “hacer cosas” (carretear, hacer deportes)? ¿Con quiénes hablan?

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“Hablan poco o nada”. O eso es lo que me comenta siempre una amiga. “No tienen lenguaje. Son mudos”. Y cuando dice esto último se refiere a que la manera en que hablan de las cosas es descriptiva o indicativa, basada en cosas que pasan o pasaron o pasarán. No hay gama emocional en su discurso porque para poder identificar lo que uno siente y conectarse con ellos es necesario poder nombrarlo, diferenciarlo de otras cosas, hacerse cargo. Si no se habla, no existe. O se confunde con otras cosas, se diluye.

Podemos estar de acuerdo o no con mi amiga: poco lenguaje, o lenguajes diferentes o simplemente que ella espera más de los hombres con los que se involucra. Pero -PERO- hay algo que decir sobre la dificultad de comunicarse entre hombres y mujeres y entre hombres y hombres. Y algo me hace sospechar que hay algo que se pierde, un potencial de felicidad y placer que podría aprovecharse.

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Hay una intimidad rica en la amistad, pero hacemos poco por fomentarla. He hablado otras veces sobre lo importante de decirle a nuestras parejas y amigos que nos gustan, que disfrutamos de su compañía y que, cuando están lejos, nos faltan. Hay una fragilidad en la calidad de la conexión con nuestros amigos que no cuidamos lo suficiente. A medida que armamos nuestra vida nos centramos en nuestras parejas y familias, recortamos “el resto”. Es peligroso, más de lo que nos atrevemos a reconocer: son vínculos distintos y poner solo foco en el romance, en el sexo, en la pareja y cortar el resto tiene efectos de harakiri.

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Hace un montón de tiempo atrás este mismo amigo me mandó el link de un ensayo de Emma Lindsay que hablaba sobre la dificultad de estar soltero y bancarse el que nadie te toque. Pensé en este artículo cuando leía el de Mark Greene. Pensé también en cómo nos vinculamos a los cuerpos de los otros, bajo qué reglas. Pensé en los prejuicios en torno al estar soltero, tal como los plantea Lindsay: estar dañado o incompleto, vivir a medias, necesitar “mejorarte a ti mismo” para estar en pareja, como si estar soltero fuese un defecto del carácter. Estar soltero, especialmente pasado los treinta, es estigmatizante. Pero el asunto que le preocupa de verdad a Lindsay es que nadie la toca. Que hay días y semanas en que nadie la toca. Que ella puede tocarse a sí misma, pero no es lo mismo. Y que el contacto físico con nuestros amigos es tan limitado que ni siquiera está libre de un carácter sexualizado.

Elegimos a nuestros amigos porque nos gustan: ya sea su personalidad, sus chistes fomes, sus cuerpos distintos a los nuestros, sus desbalances emocionales, sus arranques sentimentales, sus excesos y sus carencias. Los elegimos como se elige una pareja aunque, tal vez, con algo más de generosidad: centrándonos en lo bien que lo pasamos con ellos -y no en si nos convienen o no-, en cuán felices nos hacemos mutuamente, en las ganas de ser testigos de sus decisiones, en la curiosidad de ver a dónde los llevará la vida.

El afecto de los cuerpos que queremos es clave. Y no es suficiente tener una comunicación digital: incorporemos las voces, los abrazos, las risas, las miradas. Toquémonos con afecto. Hagámonos cariño en la cabeza. Hablemos -con más o menos lenguaje-, pero pongámonos ahí completos, de cuerpo entero, celebrando que nos gustamos. Cultivemos el amor platónico con la misma intensidad con la que cultivamos el amor romántico.

 

 

Refs.:

Why do we murder the beautiful friendships of Boys? http://bit.ly/2u91HA0

Being single is hard http://bit.ly/2icB4rj

Hay un montón de autores que trabajan la mirada performativa sobre la sexualidad y el género. No me metí en ellos porque la discusión es larga y este post no tiene ganas de convertirse en una discusión teórica.

Los kriptonitas

He estado pensando mucho en qué es lo que hace que alguien nos guste o no. ¿Qué hace que elijamos a X y no a Y? ¿Qué tiene ese otro a nuestros ojos que nos convoca? ¿Cómo identificar lo que realmente queremos?

Las fórmulas no me sirven, o al menos, me resultan poco iluminadoras: todo el mundo dice que le importa que su pareja tenga sentido del humor, que sea inteligente o que le resulte físicamente atractiva. Si fuese tan fácil de resumir y entender, todos estaríamos felizmente emparejados con cualquiera que buscase lo mismo.

Caer en descripciones convencionales retrasa el proceso de encontrar a alguien que realmente te gusta: en la medida en que lo que dices es una generalidad, menos consciente eres de que lo que estás buscando es realmente particular. Entenderlo es clave: estás buscando algo súper especial, y mientras no reconozcas esa búsqueda, te puedas pasar mucho rato tratando de acomodarte a un molde que no te calza.

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Cuando ando medio perdida siempre aplico lógicas extremas para llegar a conclusiones de manera rápida. Cuando se trata del atractivo y del amor, lo que más me sirve para pensar en qué me gusta o qué me interesa es lo de los kriptonitas.

Llamo “kriptonitas” a esas personas que hacen que uno se desmaye un poco internamente cada vez que los ve (o incluso cuando se los imagina). Te vuelves débil: se deshacen las barreras que tanto te costó levantar, pierdes en promedio de veinte a cincuenta puntos de coeficiente intelectual cuando te miran y ni hablar de las habilidades motrices: la torpeza abunda cuando hay un kriptonita a menos de un metro.

Clasifico en dos a los kriptonitas: los sinérgicos -tanto a ellos como a ti les pasa algo, es mutuo- y los terroríficos. Voy a hablar de los segundos, porque los primeros son menos problemáticos (y uno tiende a pasarlo mucho mejor con esos).

Un kriptonita terrorífico es alguien que, porque te gusta tanto, te pone en situaciones que no te acomodan. Doblega tu voluntad con su presencia, terminas cediendo más de lo que te gustaría e incluso te traicionas diciendo cosa en las que no crees, sólo para conseguir su aprobación (o una carcajada pffff). El primer consejo con estos kriptonitas es obvio -¡huye!-, el segundo es contrario al sentido común -¡huye….pero no tan rápido!-. Los kriptonitas son una súper buena oportunidad para identificar qué nos gusta, qué nos gusta y nos hace daño y qué nos gusta y tenemos mal codificado.

Primero: qué nos gusta. Esto es fácil: a veces uno puede ver patrones físicos o de movimientos, algo que tiene que ver con la presencia -cómo habitan el espacio-. Admiramos un atributo que le pertenece: objetivo, medible (si uno quisiera darse la lata de medir).

Es importante aprender a diferenciar qué nos atrae de alguien y el que alguien nos atraiga por cómo nos hace sentir. Es muy distinto quedarse embobada -foco afuera- a sentirse feliz, livianita o privilegiada cuando estás con esa persona -foco adentro-. Lo segundo tiene que ver con las cosas que el otro nos despierta y eso, por inevitable que nos parezca, tiene mucho más que ver con nosotros que con el otro (aunque sí, sí, el atractivo siempre es subjetivo).

Hay kriptonitas que, aunque no te hacen sentir tan bien, te desarman. A veces son cosas tan tontas como necesitar sentirse en desventaja o dominado para que alguien parezca atractivo, y eso dura -predeciblemente- hasta que el otro engancha y se pone más servicial. El problema ahí entonces es la expectativa: ¿qué emoción te está activando esa persona? ¿Con qué experiencia asocias esa emoción? ¿Qué relación has tenido con personas que te han hecho sentir así?

A veces hay asociaciones torcidas a la base: por ejemplo, confundes dominancia con protección y por lo tanto te parece atractivo alguien rígido o controlador porque te hace sentir protegido, como que se preocupa de ti. O por el contrario, te parece atractivo alguien que te ignora o no te pone tanta atención porque confundes lo que te hace sentir -¿desconcierto, incertidumbre?- con interés de tu parte. O inexplicablemente te sientes atraído hacia alguien más fome o predecible porque confundes predictibilidad con seguridad y lealtad . Y así. Acá lo lógico es retrabajar esa codificación para dejar de dar bote.

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Los kriptonitas son como un acertijo emocional: la respuesta está ahí, a la vista, pero uno se pasa mucho rato dándonles vuelta hasta que chaaaaan, ¡era tan sencillo! Sólo había que detenerse un poco a mirar las cosas con distancia, a quitarle el misticismo, a no dejarse embrujar por cómo nos resultan a primera vista y verlos por lo que son: elecciones -muchas veces peligrosas o fallidas- que nos apuntan dónde está el tesoro (el tesoro: eso que estamos buscando).

Joseph Campbell dice algo muy bonito (y cierto, a mi parecer) cuando compara la vida con la mitología: “donde tropiezas es donde está el tesoro”.

Ojo, “donde tropiezas”. No significa que lo que te hace tropezar sea el tesoro.

Reciclaje y reutilización relacional

Que no se confunda: me encanta reciclar y reutilizar. En serio. Uno siente que se redime frente al mundo por generar tanto desperdicio continua e inevitablemente. Es un esfuerzo de cuidado, de conciencia. Estrellitas fosforescentes para todos los que lo llevan a cabo en su vida diaria. Pero con lo que no estoy de acuerdo es con el “reciclaje relacional” con el que insisten algunos, porque lo he vivido y es un poquito como la cresta. Y con la “reutilización relacional” tengo mis reservas.

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Ok, entonces para entenderlo, determinar lo que no es: no me refiero a las relaciones on-and-off, esas cuestiones cíclicas donde dos personas empiezan, terminan y vuelven sucesivamente. Esos tipos de relaciones son, para los que las vemos de afuera, como ver una de esas teleseries cebolla, predecibles y maqueteadas, en vivo y en directo, mientras que para los involucrados es la cosa más emocionante de la tierra. No. Me refiero más bien al intento de resucitar algo que ya se agotó, acabó, terminó, secó, explotó -búsquenle la palabra que quieran- con la esperanza de que sea lo mismo de antes de que todo estallara.

El patrón es el siguiente: uno vivió una historia con una persona, con todos sus altos y bajos. Esa historia no funcionó y uno ha tenido la capacidad de definir por qué: incompatibilidad de caracteres, cero interés mutuo o de un solo lado, poca o ninguna capacidad de cuidado por el otro, eligieron a otra persona en vez de a ti, etc. La cosa es que uno estuvo metido en algo y se acabó, con toda la pena, dolor y frustración que eso implica. Luego de un tiempo uno superó el cuento, porque eventualmente las historias se acaban y uno las sepulta tranquilamente y entiende por qué pasaron así. Y luego, años después -porque nunca es un par de meses después, mínimo pasa un año- el ex o expinche vuelve, cual zapatilla huacha náufraga a la orilla de playa, justo a tus pies.

Ustedes dirán, pero por qué no: ha pasado el tiempo, tal vez ahora sí. La propuesta de la zapatilla en cuestión es: ¡nos veríamos tan bien juntos de nuevo! El asunto es, si se me permite agotar la comparación, que una zapatilla perdida en el mar y otra que se quedó en tierra ya no hacen buena pareja. O sea, les pasaron cosas distintas durante ese tiempo, para mejor o para peor. Y si antes se veían similares, ahora ya no lo son. Y pretender que no es así es tonto.

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Tanto de lo que hace que una relación florezca es el contexto. Las personas con las que enganchamos no son individuos aislados. Lo que nos gusta de alguien no es únicamente lo que la persona es, sino también lo que nosotros somos en el momento en que nos gustan. El adolescente que te gustó cuando tenías 15 años probablemente no encaje en tu vida ahora porque tú has cambiado y él ha cambiado. Porque son personas diferentes. Porque las personas que se gustaron ya no están ahí, aunque tengan el mismo nombre y se vean más o menos atropellados por el paso del tiempo. Porque eran otros.

Cada cierto tiempo vuelven. Al principio me parecía chistoso y me sentía halagada -¡volvió! ¡Ahora sabe de lo que se perdió!-, pero ahora ese regreso de esos exes o pinches me parece un poco egoísta.  Me he visto enfrentada a expinches que suponen que porque tuvimos algo antes ahora debiéramos tenerlo de nuevo y que se decepcionan cuando eso no pasa. Como si de alguna manera yo los estuviese despreciando o faltando a una cláusula interna de complicidad, un acuerdo en el que yo me comprometí, por haberme involucrado con ellos y haberlos querido, a estar disponible cuando a ellos se les ocurriera. A ser reciclada.

Ojo, no es que yo crea que haya que desechar a las personas con las que uno estuvo -y los que me conocen bien saben que normalmente mantengo relaciones súper intensas, creativas e inspiradoras con mis exes e incluso con gente con la que salí no más por un rato-, sino que lo que me molesta es que alguien de por sentado que puede llegar y disponer del otro para reavivar algo que sigue pasando en su cabeza, más que en la realidad. (Porque normalmente estos intentos de reciclaje aparecen a pito de nada, sin ningún esfuerzo de continuidad). Muy pocas veces me ha pasado que un ex se me acerque con ganas de saber realmente en qué estoy ahora: quieren encontrarse con la persona que yo era antes -y retomar en el punto más emocionante de nuestro vínculo, como si no hubiese pasado el tiempo-, más que invertir tiempo en redescubrirnos.

Le pregunto a un amigo, como si él tuviese la respuesta, por qué cresta pasa, y él me dice que él cree que es algo engranado en la psique masculina. Que ese reciclaje, ese retorno, se da cuando se les acaban las opciones disponibles, cuando no aparecen nuevas chicas. Entonces se vuelcan al pasado. Cuando se agotan las oportunidades o cuando las cosas se vuelven aburridas en su vida. Dice que a él le ha pasado un montón de veces y que lo ha intentado con resultados catastróficos y a veces ha tenido la sensatez de detenerse antes, de cachar que es una fantasía.

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No tengo idea si mi amigo tiene razón o no. No sé si es algo particularmente masculino. Sí sé que yo no lo he hecho, y que a mis amigas les he escuchado pocazo este tipo de aproximaciones. Pero a mí sí me ha pasado, como sujeto convertido en objeto a reciclar, y es agotador, porque la presión que te ponen encima y la responsabilidad que te achacan es gratuita. Ah, y la sensación de culpa, de no cumplirle a la expectativa fantasiosa del otro. Argh.

Dije que con la “reutilización relacional” tenía mis reservas, y es la siguiente: cuando uno reutiliza un producto, le da nueva vida. Cuando uno reutiliza una relación la transforma en algo distinto a lo que era inicialmente. Desde mi punto de vista se ve un poco así: ¿así que éramos amantes, tiramigos, pololos y no funcionó? Bueno, me caes tan bien / te quiero tanto / eres tan bacán que quiero que sigas siendo parte de mi vida y te invito a eso: a transformarnos en otra cosa, juntos. A mirarnos desde otro punto de vista, A valorar cosas que tal vez, antes, por cómo nos tratamos, no vimos en el otro. Que eso termine después en que nos involucremos de nuevo o que se genere un lazo por completo distinto es otra historia. Pero al menos con la “reutilización” hay un respeto que tiene que ver con reconocer que el primer uso ya se agotó, o se agotó de la forma en que lo hicimos, y hay que buscar otro camino.

Teorías del amor

Yo no sé cómo les pase a ustedes, pero a veces cuando me pongo a hacer un recuento de las personas que me han gustado, de las relaciones que he sostenido, de la gente de la que me he enamorado, me parece como si alguien hubiese tirado todo a una juguera y voilà: los altos y bajos de mi vida. A simple vista lo único que tienen en común es que yo he elegido una serie de situaciones más o menos azarosas…y que me acuerdo de ellas.

Hay tantas explicaciones como teóricos que intentan desentrañar por qué nos gusta Pepito y no Josesito. A veces decidirse a tratar de entender nuestras decisiones amorosas y sexuales es como instalarse en la playa a colar arena, pero hay algunas aproximaciones que me parecen un poquito más sensatas que otras, y la que les quiero comentar hoy es una de esas.

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Robert Sternberg es un psicólogo estadounidense que desarrolló dos teorías sobre el amor sucesivamente, y que al final, sacó una combinatoria, llamada “teoría dúplex del amor”. Les resumo de qué se trata a continuación.

Por una parte, Sternberg propone la teoría triangular del amor, en la que el amor tendría tres componentes: intimidad, pasión y decisión/ compromiso. Los distintos tipos de amor tendrían una combinatoria diferente de esos tres componentes, y habrían 8 formas de amor fácilmente clasificables (para saber más, click).

Por otra parte, plantea la teoría del amor como una historia, que es la que más me interesa. Cuando descubrí este librito estaba en la universidad, tenía como 24 y creo que me resistí a procesar lo que estaba leyendo, tal vez porque era muy sencillo y yo sentía que el amor era demasiado confuso como para depurarlo así. Con los años he ido entendiendo que las decisiones que tomamos tienen que ver con una historia que nos contamos sobre nosotros mismos, y que las personas que amamos o que nos atraen tienen muchas veces que ver más con nosotros que con los otros -una prueba fácil: la pareja de tu amiga/o al que tú no le ves ni un brillo y por el que tu amiga/o se derrite, …o sea que el amor, el atractivo, no está en ellos (en los objetos del amor), sino en los sujetos, en el que elige enamorarse o involucrarse-.

La teoría del amor como una historia se basa en la idea de que todos hemos sido expuestos a un montón de historias que llevan, en sí mismas, diferentes concepciones sobre el amor. Vivir es ser testigo de esas maneras de abordar el amor: lo vemos en las relaciones de nuestro círculo familiar y de amigos, en el cine o la tele, al leer novelas.Lo aprendemos en el colegio, incluso a través de la historia. Como resultado, nos armamos nuestro propio punto de vista sobre cómo el amor es o debería ser, nuestra propia historia.

Según la investigación de Sternberg, nuestras parejas potenciales encajarían en nuestras historias en mayor o menor medida, y nuestras relaciones serán más exitosas mientras mejor encajen en nuestras historias preferidas. Cada historia tiene roles complementarios, y la gente tiende a sentirse satisfecha cuando encuentran parejas que encajen en esas historias ideales. Pero ojo, de todas las historias posibles, tenemos una jerarquía de historias preferidas. Si nos emparejamos con alguien que tiene una historia preferida que a nosotros no nos interesa tanto, somos susceptibles de involucrarnos con alguien más que tenga una historia principal que encaje mejor con la nuestra.

Aunque la cantidad de historias posibles es probablemente infinita, ciertos géneros de historias aparecen una y otra vez en la literatura, en las películas y en el relato oral de las personas. Las siguientes historias conceptualizan las nociones del amor más populares (ojo, se definieron a partir de lo relatado por participantes de EEUU, lo que puede generar un sesgo cultural). Hay 26 historias tipificadas:

Historias asimétricas:
– la del estudiante y profesor
– la de sacrificio
–  la de gobierno (autocrático y democrático)
– la policial
– la de pornografía
– la de terror

Historias objetuales:
La persona como objeto
– la de ciencia ficción
– la de colección
-la de arte

La relación como objeto:
– la del hogar
– la de recuperación
– la de religión
– la de juego

Historias de coordinación:
– la de viaje
– la de costura
– la de jardín
– la de negocios
– la de adicción

Historias narrativas:
– la de fantasía
– la de historia
– la científica
– la del libro de recetas

Historias de género:
– la bélica
– la teatral
– la humorística
– la de misterio

 (Más info sobre los tipos de historias  y para descubrir qué tipo de historias prefieres).

Entre las conclusiones que Sternberg ha reunido a través de diferentes estudios, vale la pena mencionar:

  • La compatibilidad de las historias de cada integrante de la pareja es importante para tener una relación sana o feliz (mientras más similares las historias, más felices las parejas). Las historias tienden a ser compatibles si hay roles complementarios en una sola historia (como la del príncipe y la princesa) o si las historias son tan similares que pueden fundirse en una nueva historia. Por ejemplo: una historia de fantasía se puede fundir con una de jardín, porque uno puede nutrir o cultivar una relación mientras sueña con ser rescatado por un caballero. Una historia de fantasía y de negocio, por el contrario, es más difícil de combinar.
  • Cuando uno habla por separado con dos personas que acaban de separar, las historias de por qué terminaron tienden a sonar como si cada uno hubiese estado en relaciones completamente diferentes…y (mentalmente) lo estuvieron.
  • La compatibilidad entre historias no garantiza una relación exitosa. A veces tu historia favorita puede ser peligrosa o desagradable (ej., una historia de recuperación o una de terror). Las personas suelen quejarse de que siempre terminan con el mismo tipo de parejas y que tienen mala suerte en el amor, pero en realidad están escogiendo gente inconscientemente para que cumpla los roles de sus historias, o incluso forzándolos a que lo hagan. Según Sternberg, los triángulos del amor que mencioné al principio, emanan de estas historias.

Ufff. Harto, ah.

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Entonces, desde mi punto de vista, lo interesante de esto es que una multiplicidad de personas pueden compartir tu historia (o sea, ese fatalismo de “el único amor de la vida” puede ser medio exagerado).  A mí me parece un modelo optimista.  Además, el tomar conciencia de nuestras historias preferidas puede hacer que cambie nuestra vida -que queramos contarnos otras historias románticas si encontramos que las que hemos elegido hasta ahora no son necesariamente lo que queremos- y también entender que pueden haber distintas historias que queramos contarnos, lo que explicaría por qué nos atraen personas tan diferentes entre sí y por qué a veces comprometerse con una sola historia puede resultar tan difícil. Por último, también me gusta que este tipo de teoría no es necesariamente excluyente de otras maneras de explicar el amor, es decir, puede usarse simultáneamente con otras teorías.

*

En unos días más es mi cumpleaños y no puedo si no caer en la tentación del recuento, balance y resumen. Nunca me imaginé que sería este tipo de persona a esta edad, pero tampoco nunca me imaginé siendo ningún otro tipo de persona a esta edad, ja. O sea, que el cuento que me contaba a mí misma sobre mi futuro siempre fue corto placista -y en realidad, todavía lo es-: en dos meses más voy a estar haciendo esto, en seis meses más probablemente esté haciendo esto otro. Más allá de esos plazos, me empiezo a imaginar cómo me gustaría sentirme, más que qué voy a estar haciendo exactamente (¡y lo recomiendo! Es una manera muy rica de vivir el día a día y de tomar decisiones).

Cuando trato de hacerme un seguimiento más o menos coherente, empiezo a ver patrones de comportamientos que incluso pueden ser muy distintos según las diferentes épocas de mi vida. Me imagino que no soy la única. Pero si uno mira detenidamente, hay ciertas historias amorosas que volvemos a repetir (y errores que tendemos a cometer…cambia el personaje, pero ¿parece que estamos repitiendo la historia? Ese déjà vu que a ratos es más un calco….). Vale la pena preguntarse entonces qué historias hemos decidido vivir.

Entonces, démosnos un rato para pensar en qué caminos hemos elegido, en qué historias nos hemos querido contar. Y si estamos saliendo con alguien, tal vez sería bueno poner atención a la concepción del amor del otro: ¿qué historia quieren vivir con nosotros? Y ¿qué tan interesante nos parece esa historia?

Refs.:

http://www.robertjsternberg.com/love/

Link al libro: http://amzn.to/2akat82

Sternberg resume en un artículo cómo llegó a las teorías del amor: http://huff.to/2lOBhBm

Artículo con los resultados de las investigaciones: http://bit.ly/2lOt8Nm

Test corto, el amor es como una historia: http://wp.me/p78MEN-11w

Link a teoría dúplex del amor, info adicional:  http://wp.me/p78MEN-129

 

Sternberg: Teoría dúplex del amor (notas)

Ok, un poco más de información:

La teoría duplex del amor comprende la teoría triangular del amor y la teoría del amor como una historia. A continuación encontrarás un poco más de info de las mismas, que complementan el otro artículo. La mayoría de la información fue tomada de este link: http://www.robertjsternberg.com/love/

La teoría triangular del amor emplea el triángulo como metáfora: el amor tiene tres componentes que manifiestan distintos aspectos del amor -a saber, intimidad, pasión y decisión/ compromiso-, y cada uno estaría ubicado en un vértice del triángulo del amor:

  • La intimidad es el sentimiento de cercanía, conexión y vínculo en relaciones amorosas. Tiene que ver con la experiencia de calidez.
  • La pasión se refiere a los impulsos que llevan al romance, a la atracción física, a la consumación sexual. Tiene que ver con la motivación y la excitación.
  • La decisión/ compromiso se refiere, en el corto plazo, a la decisión de que uno ama a otra persona, y en el largo plazo, a comprometerse a mantener ese amor. Estos dos aspectos no van necesariamente de la mano (uno puede decidir amar a alguien sin comprometerse a largo plazo, o alguien puede comprometerse en una relación sin reconocer que ama a esa persona).

Estos tres componentes interactúan entre sí. Aunque todos son importantes, su relevantica varía de una relación a otra o a lo largo del tiempo en la misma relación.

8 tipos distintos de amor se generan al combinar distintas proporciones de estos elementos (ojo, son casos limitados, ninguna relación es un caso exacto a estos modelos):

  • Sin amor o falto de amor (nonlove): ausencia de los tres componentes.
  • Gustarse (liking): cuando sólo se experimenta intimidad, sin pasión ni decisión/ compromiso.
  • Amor apasionado (infatuated love): pasión, sin intimidad ni decisión/ compromiso.
  • Amor vacío: se decide que se ama a una persona, pero sin compromiso, sin intimidad y sin pasión.
  • Amor romántico: combinación de intimidad y pasión.
  • Amor compañero: combina intimidad y decisión/ compromiso, sin pasión.
  • Amor fatuo: pasión y decisión/ compromiso, sin intimidad.
  • Amor consumado o completo: la combinación de los tres.

Ahora, acá la cosa se pone complicada, porque Sternberg lleva, para mi gusto, la metáfora del triángulo un poco lejos. La geometría de este triángulo del amor depende, según él, de dos factores: cantidad de amor y equilibrio de amor. La diferencia de cantidad se representa por el área del triángulo, la de equilibrio, por formas de triángulos. Entonces, por ejemplo, un amor equilibrado -con cantidades similares de cada componente- sería un triángulo equilátero. El amor no involucra un solo triángulo, sino varios, pero algunos predominan más que otros y sería posible contrastar triángulos reales con triángulos ideales. (Tal vez esta parte no me parece tan seria porque todo lo que leí lo encontré en internet y no me leí la tesis completa).

Me pasa con esta parte de la teoría que la idea de la “cantidad de amor”, algo difícilmente medible, me choca…como que aquí ya le dejé de comprar tanto, y me interesa esta parte de la teoría como algo meramente descriptivo.

*

El amor es como una historia

Acá está el listado total de las historias que conceptualizan las nociones del amor (ojo, se definieron a partir de lo relatado por participantes de EEUU, lo que puede generar un sesgo cultural):

  • Historia de adicción: fuerte apego ansioso, comportamiento pegote, ansiedad al pensar en perder al compañero. Roles: adicto y salvador.
  • Historia de arte: se ama a un compañero por su atractivo físico, el compañero siempre debe verse bien, mantenerse físicamente deseable. Roles: obra de arte y espectador.
  • Historia de negocio: las relaciones son vistas como propuestas de negocios, la plata es poder, los compañeros en relaciones cercanas son como compañeros de negocios. Roles: socios.
  • Historia de colección: se ve al compañero como que “encaja” en un esquema mayor, se le ve desapegadamente. Una parte de la pareja tiende a salir simultáneamente con varias parejas “coleccionables” que resuelven una necesidad concreta cada una. Roles: objeto de colección y coleccionista.
  • Historia del libro de cocina: hacer cosas de una determinada manera (receta) hace que la relación funcione. No seguir la receta para el éxito hace que fracase.
  • Historia de fantasía: espera que alguien la “salve” de una situación o quiere casarse con una “princesa” para vivir por siempre feliz. Roles: príncipe y princesa.
  • Historia de juego: el amor como un juego o deporte. Es importante desafiarse mutuamente, “gnarle” al otro. De manera sana, pueden ser dos deportistas que intentan mejorar en un deporte o se preparan para carreras. De manera más rebuscada, los integranes no logran darle seriedad a la relación y cada gesto se considera en términos de “victoria” a “derrota”.
  • Historia del jardín: las relaciones tienen que ser nutridas, cultivadas y atendidas continuamente.
  • Historia del gobierno: a) Autocrático: un compañero domina o controla a otro, b) democrático: dos compañeros comparten equitativamente el poder.
  • Historia histórica: los eventos de la relación generan un registro indeleble, se guardan un montón de registros (físicos o mentales).
  • Historia de terror: las relaciones se vuelven interesantes cuando aterrorizas o eres aterrorizado por tu pareja. Roles: víctima y perpetrador.
  • Historia del hogar: las relaciones tienen su centro en el hogar, a través de su desarrollo y mantención.
  • Historia humorística: el amor es raro y divertido y tomárselo muy en serio lo arruina. Roles: público, comediante.
  • Historia de misterio: el amor es un misterio y no hay que revelar mucho de uno mismo. Historia policial: hay que supervisar al compañero para que se comporte o necesitas que te supervisen a ti. Roles: policía y sospechoso
  • Historia de pornografía: la vida es sucia y amar es degradar o ser degradado.
  • Historia de recuperación: mentalidad de superviviente, luego del trauma vivido la persona puede superar prácticamente cualquier cosa. Roles: co-dependiente, persona en recuperación.
  • Historia religiosa: ve el amor como una religión o el amor como un conjunto de sentimientos y actividades dictados por la religión.
  • Historia de sacrificio: amar es entregarse a uno mismo o que el otro se entregue por completo a ti. Roles: mártires.
  • Historia científica: el amor puede entender, analizarse, diseccionarse, como cualquier otro fenómeno natural.
  • Historia de ciencia ficción: sentir que la pareja es un alien, incomprensible y muy raro.
  • Historia de costura: el amor es lo que sea que tú fabriques o crees.
  • Historia teatral: el amor se vive melodramáticamente, tiene un guión, con capítulos y escenas y diálogos predecibles.
  • Historia de viaje: el amor es un viaje desafiante y excitante.
  • Historia bélica: el amor es una serie de batallas en una guerra continua y devastadora.
  • Historia del estudiante y profesor: el amor es una relación de aprendizaje. Roles: estudiante, profesor.

Algunas historias son más populares que otras. Más populares: la del viaje, la del jardín, la de humor. Menos populares: la de horror, la de colección y la del gobierno autocrático. Las mujeres tienden a preferir la historia de viaje, mientras que los hombres prefieren la del arte, la de colección y la de pornografía. Los hombres también prefieren la historia de sacrificio (aunque sea porque sienten que sacrifican cosas por amor).

Otras observaciones:

  • Abordar los problemas de nuestras relaciones tratando de cambiar comportamientos y hábitos es tratar el síntoma. Lo que hay que abordar es la historia, porque las crisis provienen de las historias que estamos actuando. En vez de mirar los defectos de nuestra pareja, fijarse si calza en nuestras expectativas.
  • Para definir lo que queremos, es necesario tomar en cuenta nuestras relaciones pasadas y preguntarnos qué atributos caracterizaban a las personas hacia las que nos sentíamos más atraídas, y también en los que perdimos el interés. También hay que definir qué historia romántica queremos contar y si tiene el potencial de tener un desenlace feliz.
  • Una vez que entendemos las ideas y creencias detrás de las historias que aceptamos como propias, podemos reconfigurarlas. Podemos preguntarnos lo que nos gusta o no de nuestra historia actual, lo que no ha funcionado y cómo nos gustaría cambiarlo. Esto puede involucrar cambiar historias o transformarlas. Por ejemplo, las historias de terror se pueden fantasear durante el acto sexual o en otras actividades, en vez de actuarlas físicamente en la relación.

 

 

Test corto: el amor es como una historia

Test breve, con sólo 12 historias, para saber qué tipo de historias prefieres (la versión larga, con las 26 historias, está en el libro Love is a Story, de Robert Sternberg). Traducido del artículo What’s your love story?

Instrucciones

Lee cada afirmación y asígnales un puntaje del 1 al 9, donde 1 significa que no caracteriza en nada tus relaciones románticas y 9 que las describe extremadamente bien. Luego saca el promedio para cada historia.

Promedios:
7 a 9: fuerte atracción a esta historia.
4 a 6: moderado interés a esta historia, pero probablemente no lo suficiente para mantener una relación romántica.
1 a 3: poco interés o baja atracción a la historia.

HISTORIA #1

  1. Disfruto haciendo sacrificios por el bien de mi pareja.
  2. Creo que el sacrificio es una parte clave del verdadero amor.
  3. Frecuentemente comprometo mi bienestar para satisfacer las necesidades de mi pareja.

Puntaje: ______

La historia de sacrificio puede tener un desenlace feliz cuando los dos compañeros están conformes con los roles que juegan, especialmente si los dos hacen sacrificios. En cambio, puede generar inconvenientes cuando se sienten obligados a hacer sacrificios. El mayor riesgo se corre cuando hay un desequilibrio, y uno es el que siempre da y otro el que siempre recibe.

HISTORIA #2

Policía

  1. Creo que es necesario vigilar a mi pareja.
  2. Creo que es tonto confiar completamente en mi pareja.
  3. Si mi pareja trabajase codo a codo con una persona del sexo opuesto, no confiaría 100%.

Puntaje: ______

Sospechoso

  1. Mi pareja me llama varias veces al día para averiguar exactamente qué estoy haciendo.
  2. Mi pareja necesita saber todo lo que hago.
  3. Mi pareja se enoja mucho si no le informo dónde he estado y qué he hecho.

Puntaje: ______

Las historias policiales no tienen muy buen pronóstico porque se pueden desligar de la realidad. Esta historia puede hacer que algunas personas sientan que su pareja los cuida o se preocupa por ellos. Las personas que son muy inseguras disfrutan de la atención que reciben como “sospechoso” y que no logran obtener de otra forma. A medida que la trama se complica, el sospechoso empieza a perder libertad, luego dignidad y luego el respeto. Finalmente, su bienestar mental y físico puede resultar amenazado.

HISTORIA #3

  1. Creo que en una buena relación los miembros pueden cambiar y crecer juntos.
  2. Creo que el amor es un constante proceso de descubrimiento y crecimiento.
  3. Creo que el comienzo de una relación es como comenzar un nuevo viaje que promete ser tan estimulante como desafiante.

Puntaje: ______

Las historias de viajes que duran algo más que un periodo muy corto de tiempo generalmente tienen un pronóstico favorable, porque si los viajeros pueden convenir en un destino y un camino, ya están encaminados al éxito. Si no pueden, a menudo descubren rápidamente que desean cosas diferentes de la relación y se separan. Las relaciones de viajes tienden a ser dinámicas y centradas en el futuro. El mayor riesgo es que con el tiempo uno o ambos cambien el destino o el camino que desean. Cuando comienzan a decir que se han distanciado o tomado caminos diferentes, significa que ya no quieren lo mismo y casi siempre se vuelven más infelices y la relación se disuelve.

HISTORIA #4

Objeto

  1. No me importa ser tratado como un juguete sexual por mi pareja.
  2. Es muy importante para mí satisfacer los deseos sexuales de mi pareja, aunque la gente lo considere denigrante.
  3. Me gusta cuando mi pareja quiere probar nuevas , inusuales e incluso dolorosas técnicas sexuales.

Puntaje: ______

Sujeto

  1. Lo que más me importa en mi relación es que mi pareja sea un excelente juguete sexual, dispuesto a hacer lo que sea que yo quiera.
  2. No podría ser feliz con una pareja que no fuese aventurera en el sexo.
  3. La verdad es que me gusta que mi pareja se sienta como un objeto sexual.

Puntaje: ______

No hay ventajas obvias en la historia pornográfica, pero las desventajas son claras: primero, la excitación se obtiene a través de la degradación de sí mismo y del otro. En segundo lugar, la necesidad de degradar y ser degradado tiende a aumentar. En tercer lugar, una vez que uno adopta esta historia, puede ser difícil adoptar otra historia. En cuarto lugar, la historia puede llegar a ser peligrosa tanto física como psicológicamente. Y por último, no importa cuánto se intente, es difícil convertir la historia en algo positivo para el bienestar psicológico o físico.

HISTORIA #5

Perpetrador

  1. Frecuentemente me aseguro de que mi pareja sepa quién está al mando, aunque eso la asuste.
  2. Me excita cuando siento que mi pareja siente miedo de mí.
  3. A veces hago cosas que asustan a mi pareja, porque siento que es bueno para una relación que uno te tenga susto del otro.

Puntaje: ______

Víctima

  1. Creo que es excitante estar un poco asustado de tu pareja.
  2. Me excita cuando mi pareja me hace sentir un poco de miedo.
  3. A veces termino involucrándome con gente que me asusta.

Puntaje: ______

El relato de terror es probablemente la menos ventajosa de las historias. Para algunos puede ser emocionante, pero las formas de terror necesario para sostener la emoción tienden a salirse fuera de control y a poner a sus participantes, e incluso los que los rodean, en situación de riesgo psicológico y físico. Los que descubran que tienen esta historia o que se encuentran en una relación así harían bien en buscar asesoría y hasta protección policial.

HISTORIA #6

Co-dependiente:

  1. Frecuentemente termino vinculándome con gente que tiene un problema específico y los ayudo a recuperar su vida, ordenándolos.
  2. Me gusta estar en relaciones en las que mi pareja necesita mi ayuda para superar algún problema.
  3. Con frecuencia me involucro con parejas que necesitan mi ayuda para recuperarse de su pasado.

Puntaje: _____.

Persona en recuperación:

  1. Necesito a alguien que me ayude a recuperarme de mi doloroso pasado.
  2. Creo que una relación puede salvarme de mi doloroso pasado.
  3. Necesito ayuda para superar mi pasado.

Puntaje: _____.

La ventaja principal de la historia de la recuperación es que el co-dependiente realmente puede ayudar a miembro de la pareja a recuperarse, siempre y cuando el otro quiera  recuperarse. Muchos de nosotros conocemos a personas que buscan reformar a sus parejas y que terminan frustrados porque sus parejas hacen poco o ningún esfuerzo por reformarse. Al mismo tiempo, el co-dependiente es alguien que necesita sentir que está ayudando a alguien y se beneficia de la sensación de hacer una diferencia en la vida del otro a través de la relación. El problema: otros pueden ayudar en la recuperación, pero la decisión de recuperarse sólo puede ser tomada por la persona que necesita hacerlo. Como resultado, las historias de recuperación pueden ayudar, pero no ser la recuperación.

HISTORIA #7

  1. Creo que es posible tener un buena relación sólo si uno invierte tiempo y energía para preocuparse de ella, de la misma manera en la que uno cuida un jardín.
  2. Creo que las relaciones necesitan nutrirse constantemente para poder tolerar los altos y bajos de la vida.
  3. Creo que el secreto para una relación existosa es que los integrantes de la pareja se cuiden mutuamente y a su amor.

Puntaje: _____.

La mayor ventaja de una historia de jardín es que reconoce la importancia de nutrir la relación. Ninguna otra historia tiene esta cantidad de cuidado y atención. La mayor desventaja potencial es que puede ser poco espontánea y resultar aburrida. Las personas en historias de jardín no son inmunes a la tentación de otras relaciones y pueden participar en ellas para generar excitación, aunque valoren altamente su relación primaria. Otra desventaja potencial es que sea asfixiante, que la atención sea demasiada. De la misma forma en que uno puede regar en exceso una planta, uno puede sobreatender una relación. A veces es mejor dejar que las cosas sigan su propio ritmo.

HISTORIA #8

  1. Creo que las relaciones íntimas son como sociedades.
  2. Creo que las relaciones románticas son como un un trabajo, en el sentido de que cada integrante de la pareja debiese realizar sus tareas y responsabilidades de acuerdo a su “cargo”.
  3. Cuando considero tener una relación con alguien, siempre considero las implicaciones financieras de la relación.

Puntaje: _____.

Una historia de negocios tiene varias ventajas potenciales, entre las que se encuentra el hecho de que las cuentas siempre se pagan. Otra posible ventaja es que los roles tienden a estar más definidos que en otras relaciones. Los socios también están en una buena posición para “salir adelante” y lograr lo que sea que quieran en términos económicos. Una desventaja potencial es que si sólo uno ve la relación como un negocio, el otro puede aburrirse rápidamente y buscar estimulación fuera de la relación. La historia se puede tornar un poco agria si la distribución de autoridad no satisface a uno o ambos cónyuges. Si no pueden definir roles compatibles, pasan mucho tiempo peleando por obtener cada uno la posición que quieren. Es importante ser flexibles.

HISTORIA #9

  1. Creo que los cuentos de hadas se pueden volver realidad.
  2. Creo que hay alguien allá afuera que es mi media naranja.
  3. Me gusta, en mis relaciones, ver a mi pareja como un príncipe o princesa de antaño.

Puntaje: _____.

La historia de fantasía puede ser de gran alcance. El individuo puede sentirse absorbido por la emoción de la búsqueda de la pareja perfecta o por desarrollar la relación perfecta con su pareja. No es coincidencia que en la literatura los relatos de fantasía pasen antes o fuera del matrimonio: las fantasías son difíciles de mantener cuando uno tiene que pagar las cuentas, mandar a los niños al colegio y resolver peleas maritales. Para mantener la sensación de la fantasía, por lo tanto, hay que ignorar, hasta cierto punto, los aspectos mundanos de la vida. Las desventajas potenciales de la relación de la fantasía son bastante claras: la mayor es la desilusión al descubrir que nadie puede satisfacer las expectativas fantásticas que se han creado. Esto puede llevar a que las personas se sientan insatisfechas en relaciones que la mayoría se ve como absolutamente exitosas. Si una pareja puede crear una historia de fantasía basada en ideales realistas, pueden triunfar; si quieren ser personajes de un mito, es probable que sólo consigan eso: un mito.

HISTORIA #10

  1. Creo que es más interesante discutir que ceder.
  2. Creo que discutir frecuentemente ayuda a destapar temas conflictivos y mantiene a la relación sana.
  3. De hecho, me gusta pelear con mi pareja.

Score: _____.

La historia bélica es ventajosa en una relación sólo cuando ambos la comparten y desean. En estos casos las amenazas de divorcio pueden ser comunes, pero nadie quiere hacerlo realmente: ambos lo están pasando demasiado bien, a su manera. Por supuesto, la desventaja principal es que la historia a menudo no es compartida, lo que los lleva a conflicto intenso y sostenido que puede dejar al que no tiene la historia bélica a sentirse devastado gran parte del tiempo. Las personas pueden encontrarse en una relación de conflicto sin que ninguna de ellas tenga la guerra como historia preferida. En tales casos, la lucha constante hace que ambos se sientan miserables. Si la guerra continúa en este contexto, ninguno lo pasa bien.

HISTORIA #11

Público:

  1. Me gusta tener un compañero que siempre vea el lado positivo de nuestros conflictos.
  2. Creo que tomarse demasiado en serio una relación puede arruinarla. Por eso me gusta tener compañeros con buen sentido del humor.
  3. Me gusta tener una pareja que me haga reír cuando enfrentemos una situación tensa en nuestra relación.

Puntaje: _____.

Comediante:

  1. Admito que a veces uso el humor para evitar enfrentar problemas en mi relación.
  2. Uso el humor cuando tengo conflictos con mi pareja porque creo que hay un lado humorístico en cualquier problema.
  3. Cuando no estoy de acuerdo con mi pareja, normalmente trato de hacer chistes al respecto.

Puntaje: _____.

La historia humorística puede tener una ventaja enorme: casi todas las situaciones tienen un lado más ligero, y las personas con esta historia tienden a verlo. Cuando las cosas se tensan, a veces nada funciona mejor que un poco de humor, sobre todo si viene desde dentro de la relación. Las historias humorísticas también permiten que las relaciones sean creativas y dinámicas. Pero la historia de humor también tiene algunas desventajas potenciales. Probablemente el mayor es el riesgo de usar el humor para desviar temas importantes: las conversaciones serias se tienden a aplazar con chistes. El humor se puede usar para ser cruel de una manera pasivo-agresiva. Cuando el humor se utiliza para degradar a una persona y proteger al comediante de responsabilidad (“era en broma”), la relación se pone en peligro.

HISTORIA #12

  1. Creo que está bien tener múltiples parejas que satisfagan mis necesidades.
  2. A veces me gusta pensar con cuánta gente podría salir simultáneamente.
  3. Me gusta tener múltiples parejas íntimas simultáneamente, cada una de ellas toma roles diferentes.

Puntaje: _____.

La historia de colección tiene algunas ventajas. Por un lado, el coleccionista generalmente se preocupa por el bienestar físico del coleccionado, ya que la apariencia es fundamental. El coleccionista encuentra una forma de satisfacer múltiples necesidades, aunque sea en paralelo—teniendo varias relaciones íntimas al mismo tiempo- o teniendo relaciones monógamas en serie, donde cada relación sucesiva suple necesidades que no cumplía la última relación. En una sociedad que valora la monogamia, las historias de colección funcionan mejor si no llegan a ser serias o si los individuos de la colección son vistos bajo distintas luces, por ejemplo, como amigos o estimulación intelectual. Las desventajas de esta historia se vuelven más evidentes cuando las personas tratan de formar relaciones serias. El coleccionista puede encontrar difícil establecer intimidad o cualquier cosa cercana a una relación completa y un compromiso hacia un solo individuo. Las colecciones también se pueden volver caras, consumidoras de tiempo y hasta ilegales (por ejemplo, si un sujeto se casa simultáneamente).

 

Relaciones virtuales

No quiero ser tu amiga en Facebook ni seguirte en Instagram.
No, espera, eso sonó mal: no quiero ser tu amiga en Facebook o Instagram a menos que pasen 3 cosas:
– tú o yo estamos fuera del país o muy muy lejos
– somos meramente conocidos y queremos mantenernos así (como conocidos reales y virtuales)
– tenemos una amistad en la vida real y esto -esta versión virtual de nuestras vidas- es solo un complemento.

Lo que sí sé es que no quiero ser tu amiga en Facebook ni en ninguna plataforma si es una forma de que sientas que estamos en algo, cuando no es así.

A ver, de nuevo: no quiero ver fotos de tu familia, las celebraciones de tu cumpleaños, las cosas que te mueven, si no hay un buen motivo para no ser parte de tu mundo en la vida real.

¿Muy pesado?

Es sencillo: no soy tu público. Soy tu amiga o pinche o polola o tu ex o lo que se te ocurra, pero NO soy tu público.
No soy una foto.
Tú no eres una foto.
Nos acordamos de eso, ¿cierto?

(4min de lectura)

*

A mí me gustan las redes sociales, en serio. Hacen que me sienta cerca de gente que está lejos. Hacen que me recuerde a mí misma de que hay otras cosas pasando, otros caminos tomados. Es bonito poder sintonizar, a pesar de la geografía y el tiempo, con la gente que es parte de tu historia. Lo que no me parece bien es que haya un uso artificioso de las redes sociales, como si hablar por Facebook, darle un corazón a una foto de Instagram, Whatsappearse, mandar un Snapchat, fuese igual a pasar tiempo en persona. Porque -¡Hola!, les tengo noticias- no lo es.

*

Si tuvimos algo y ahora sólo tenemos Facebook, algo se torció. Algo dejó de funcionar.
Hacemos como que estamos, de manera virtual, y con eso pareciera suficiente. Sé de ti, tú sabes de mí, no necesitamos ni siquiera juntarnos para actualizarnos. Tan educaditos. Tan considerados. ¡Feliz cumple! ¡Feliz Año Nuevo! ¡Felicidades por tu hijo! ¡Qué envidia!
Argh.
¿A nadie más le agota?

*

Eric Berne tiene un librito chistoso -y terriblemente profundo- que a mí me gusta mucho: se llama “Juegos en que participamos”. Ahí, para explicar la psicología transaccional, plantea que en los niños existe algo que uno podría llamar “apetito de estímulo” y que dentro de las formas más apreciadas de estímulo, para el niño, se encuentran las que son producto de la intimidad física. Luego, cuando el niño crece, aprende a conformarse con contactos más sutiles, o incluso simbólicos, llegando a transformar este “apetito de estímulo” en un “apetito de reconocimiento”. Cada persona tendría una forma individual de buscar ese reconocimiento a través de “caricias”, desde las más físicas a las más conceptuales.

Las “caricias” serían una manera coloquial para definir todo acto que implica un reconocimiento de la presencia de la otra persona. O sea, la “caricia” podría ser la unidad fundamental del acto social, y un intercambio de caricias sería una “transacción”, la que a la vez es la unidad básica de las relaciones sociales.

Entonces, por ej, dice Berne, un actor de cine necesita cientos de “caricias” semanales de admiradores anónimos e indiferenciados -saludos, adulaciones, cartas, etc-, mientras que un científico tal vez necesita una “caricia” al año de su superior -un reconocimiento a su trabajo, una palmadita en la espalda-.

Luego Berne explica cómo puede entenderse que de la necesidad de reconocimiento y por ende, de caricias, pasemos a generar rituales y “juegos” con los otros (para el que le interese, ¡le urjo a que lea este libro! No voy a hablar de los juegos ahora, pero vale la pena leerlo).

Según Berne, estamos acostumbrados a recibir ciertas dosis de caricias diarias, y si no las obtenemos, entramos con en un estado como de hambre emocional -el deseo de esa caricia- y las reclamamos. Si no obtenemos las caricias suficientes, podemos llegar a una desnutrición afectiva, por así decirlo, que nos desordena por completo.

*

Pienso entonces en la necesidad de reconocimiento y en cómo hemos trasladado de la realidad a la virtualidad esas “caricias” físicas y simbólicas a unas de una literalidad aplastante: el like, el corazoncito. No necesitamos interpretar cuántas “caricias” necesitamos: probablemente ya sabemos cómo ganarnos ese reconocimiento o aprobación y cuántos likes o corazones obtendremos en promedio. Hay gente que sube fotos de sus guaguas, de sí mismos en el gimnasio, de sí mismos con poca ropa, de sí mismos comiendo. Otros suben fotos de sus viajes, o de estados que reflejen su ánimo, o repostean recuerdos. Otros subimos chistesitos, textos de opinión, comentarios. Todos buscamos lo mismo: una caricia, un like -o como un “Visto en Tinder” hace poco insinuó, sin querer, un lick, un lengüeteo emocional-.

El problema es que no es suficiente. Pareciera que sí, porque se siente una subida -un high-, producto de la liberación de dopamina, la misma hormona que se libera y refuerza el consumo de nicotina, cocaína o la adicción a los juegos de azar. Pero el emoticón sonriente con lágrimas de risa no es lo mismo que presenciar en vivo y en directo un ataque de risa. El corazoncito por tu foto en la playa no es lo mismo que poder relatarle al otro tus aventuras en la playa. El like no es un abrazo, ni siquiera es un roce entre antebrazos. El like no da, pero hacemos como que sí.

*

Cuando estés en tu lecho de muerte -que espero sea en muchos, muchos años más- no te vas a acordar de los estatus más originales que publicaste y a los que tus amigos les dieron like, ni de la cantidad de likes que recibiste en un día importante. Es obvio, es casi tonto ejemplificarlo así. Entonces, ¿por qué fingimos como que sí lo es?

Cada uno puede tener su verdad para preferir el mundo virtual, se las doy. Hay gente que dice que no tiene tiempo -pero sospechosamente ve maratones de series- hay otra gente que dice que anda muy cansada… hay excusas para todo. Yo creo que tiene que ver con que nos da susto exponernos: acostumbrados a un mundo en el que -supuestamente- nunca nos aburrimos y en el que estamos sobresaturados de información, juntarse con alguien, dedicarle tiempo y correr el riesgo de aburrirse en compañía, pareciera ser un sin sentido.

En la virtualidad todos somos más chistosos, frescos, rápidos. En la realidad, en cambio, se nos acaba el tema, andamos medio distraídos, no tenemos la talla fácil a la mano y bueno, parece que hay que poner más de uno.

Espera, déjame corregir eso: hay que ponerse completo. Hay que exponerse. Hay que mostrarse al otro y hacer evidente que uno quiere pasar tiempo con esa persona.

Ay, pero eso, con todo-todo-todo lo que puede salir mal es mil veces mejor que la virtualidad.

*

Entonces, un recordatorio en positivo: de lo que sí te vas a acordar cuando quieras recordar qué fue de tu vida es de haber estado con tus amigas con ataque de risa, tanto que tuviste que ir a encerrarte al baño para que se te pasara. O de cuándo bailaste tanto que te dolieron los pies. Te vas a acordar de la manera en que alguien al fin tocó tu mano o de cuando alguien te abrazó un rato en silencio cuando lo necesitaste. Te vas a acordar de cómo sabía ese postre que tanto te gustaba, de cómo olía tu mamá, de la manera en que alguien tenía de mirarte. De la forma en que alguien pronunciaba tu nombre. De cómo ese amigo contaba esas historias locas que todos sospechaban que eran semiinventadas. De la vez que hicieron la cimarra. De las noches que estudiaron para ese examen infernal y de la cantidad industrial de galletas Tritón que comían. De cuando se juntaban a escuchar música y se quedaban mirando el techo. De los primeros “¡salud!”, de los últimos “¡salud!”. Te vas a acordar de los momentos que compartiste con la gente que querías y de cómo eras tú con esas personas.

Ninguno de esos recuerdos es reemplazable por ninguna cantidad de likes.

*
Un desafío para el fin de semana: menos Facebook-Instagram-Whatsapp-whatever, más carne y hueso

Enamoramiento: la montaña rusa emocional

La mayoría de nosotros sabe cómo se siente: de pronto una persona que no era nadie se convierte en el foco de tu vida. Te cuesta dormir, fantaseas situaciones improbables con ella, a la mención de su nombre o de algo que se le relacione te sientes más alerta. Es como si esa persona te hubiese agarrado el corazón (y algo más) y decidido no soltarlo hasta nuevo aviso. Uno sufre pensando en que nunca se concretará o que se arruinará demasiado pronto, y se vive una intensidad tan eufórica que pareciera que uno es meramente el resto descerebrado de su antiguo yo. Se le puede llamar “enamoramiento” o “encaprichamiento” o “atracción”, o, como muy acertadamente me comentó una amiga ayer “¡es que me tiene babosa!”.

*

En los setenta Dorothy Tennov se dedicó a estudiar la sensación del amor romántico tomando testimonios de personas que decían sentirse de esa manera. Su hipótesis era que existía un estado psicológico distintivo e involuntario que era posible de identificar, independiente de diferencias socioculturales, de raza, sexo y cualquier otro atributo posible. A este estado ella le llamó “limerencia”.

Tennov definió la limerencia como un “estado involuntario interpersonal que involucra un deseo agudo de reciprocidad emocional, con pensamientos, sentimientos y comportamientos obsesivo-compulsivos, además de la sensación de dependencia emocional respecto de otra persona”. Albert Wakin, experto en limerencia y con una visión algo más fatalista, la define como una combinación de un desorden obsesivo-compulsivo y adicción, o sea, un estado de deseo compulsivo por otra persona. En el mejor de los casos se vive con intensidad y se transforma en amor mutuo sano (o se desintegra solo), en el peor, en un estado psicológico que se apodera de tu vida.

¿Suena exagerado? ¡JA! Lee las siguientes características de la limerencia a ver si has pasado por esto:

  • El elegido: una persona que empieza a cobrar un “significado especial”. Puede ser alguien nuevo o un amigo que comienzas a ver con otros ojos. (Como lo decía uno de los testimonios: “Todo mi mundo se había transformado. Tenía un nuevo eje, y ese eje era ella”).
  • Pensamientos intrusivos e incontrolables sobre el otro: recuerdas y atesoras cosas que el otro dijo, te preguntas qué pensaría de ese libro o película. Cada momento que comparten tiene un peso especial y se vuelve material a examinar mentalmente una y otra vez.
    Al principio estos pensamientos intrusivos son menos del 5% de las horas en que uno está despierto, pero a medida que crece la obsesión, pasan a ser del 85% al 100%. Y ahí comienza la cristalización.
  • Cristalización: no, no es idealización, ya que percibes las debilidades de tu ídolo, pero las descartas y te convences de que esos defectos son únicos y encantadores (además de preferir enfocarte en sus aspectos positivos).
  • Sensación de esperanza, euforia, incertidumbre y miedo: analizas sin fin de cada palabra y gesto para determinar su posible significado. A cualquier señal de reciprocidad -real o imaginada-, sientes euforia. La incertidumbre se vuelve miedo o desesperación si es que el otro rechaza tus avances. La intensidad pasional se mantiene e incluso engrandece ante la adversidad.
  • Experimentas síntomas físicos cuando estás en presencia del otro, como temblores, sonrojarse, sensación de debilidad general o palpitaciones del corazón, incluso tartamudeos. Te sientes extremadamente tímido o nervioso o confundido, como si se te hubiese olvidado cómo hacer hasta las cosas más sencillas: una torpeza sin límites.
  • Ajustas tu horario para maximizar los posibles encuentros con el otro.

Sí, es agotador.

*

Pero ¿qué es? ¿Qué nos pasa físicamente que sentimos ese amor-obsesión de manera tan rotunda? Cuando estás enamorado/obsesionado tu cuerpo cambia también. Las investigaciones señalan que este estado es el resultado de un proceso bioquímico en el cerebro. En corto, la glándula pituitaria responde a señales del hipotálamo y libera:
+ Norepinefrina
+ Dopamina
+ Estrógeno
+ Testosterona
+ Feniletilamina (FEA -o PEA, por su nombre en inglés-, una anfetamina natural que causa sensación excitación, euforia y entusiasmo)
Este cocktail tiene poco de inocencia, porque lo que genera es una sensación de euforia. Cómo no, si tu cerebro está generando anfetas.

*

Lo de la FEA (o PEA) no es como para tomárselo a la ligera. Michael Liebowitz y Donald Klein estudiaron, en los ochenta, los efectos de la FEA mientras trataban a pacientes que eran “adictos al amor” (love junkies). Estas personas anhelaban tener una relación, y en la urgencia de tenerla, elegían parejas inapropiadas. Luego, cuando eran rechazados, su euforia se volvía desamparo, hasta que volvían a “enamorarse” obsesivamente de nuevo. El “adicto al amor” pasaba entonces de sentirse absolutamente eufórico a sentirse devastado, en una montaña rusa emocional que lo hacía pedacitos.

 Lo que Liebowitz y Klein sospechaban era que este tipo de personas eran adictas a la FEA. Lo que hicieron entonces fue administrarles inhibidores de la MAO, que son antidepresivos que bloquean la acción de una enzima que degrada a la FEA (o sea, estos inhibidores elevan los niveles de FEA). Los resultados apuntaron a concluir que los “adictos al amor” lo eran debido a que carecían de suficientes niveles de FEA. Uno de los casos más ilustrativos fue el de un paciente que luego de un par de semanas de recibir los inhibidores MAO, comenzó a escoger con más cuidado a sus parejas, ya que ya no anhelaba el peak de FEA que le daban sus relaciones desastrosas. Este tipo había pasado años en terapia, pero no había sido capaz de aplicar nada de lo que había aprendido en ella hasta ese momento, porque siempre tenía una reacción emocional demasiado poderosa.

Ok, hasta ahí con la FEA, que explica en parte las sensaciones de euforia que uno siente cuando se está enamorando. Pero hay tanto más antes y después: la cultura también define de quién nos enamoramos, cuándo nos enamoramos y dónde. Cuando encuentras a esa persona de la que te enamoras, la FEA tiene responsabilidad sobre el cómo te enamoras.

Ahora bien, hay que notar que hay gente que nunca se ha enamorado. Se ha registrado que algunas de las personas que no son capaces de “enamorarse” de esta forma sufren de hipopituitarismo, una enfermedad de causa problemas hormonales y “ceguera al amor”, según Helen Fisher. Esta gente tinede a llevar vidas normales, y por ejemplo se casan, sí, pero por compañerismo, porque ese frenesí del que hablamos antes es algo que desconocen.

*

No todo dura para siempre y el enamoramiento, según algunos autores, corre esa misma suerte. Tennov midió la duración de este amor romántico desde el momento en que comenzaba el enamoramiento hasta llegar a un sentimiento de neutralidad por el objeto amado. ¿Cuánto dura? “El intervalo más frecuente y también el promedio es entre 18 meses y 3 años”.

Liebowitz, por su parte, sospecha que ese aplanamiento luego de tanta intensidad tiene que ver con un ajuste cerebral: cree que el cerebro no puede mantener ese estado de euforia romántica para siempre, ya sea porque las terminaciones nerviosas se acostumbran a los estimulantes naturales del cerebro o porque disminuyen los niveles de FEA. Él lo plantea así: “Si quieres mantener una situación en la que tú y tu pareja de años quieren seguir sintiéndose super excitados el uno por el otro, tienes que trabajarlo, porque te estás rebelando ante una marea biológica”.

Luego del enamoramiento la sensación de apego comienza a reemplazar a esa locura inicial. El apego es el sentimiento de calidez, seguridad y comodidad que tantas parejas dicen sentir. Cuando empieza a disminuir el enamoramiento y a aumentar la sensación de apego, comienza a operar otro sistema químico: los opiáceos. Se liberan endorfinas, las que son similares a la morfina y generan una sensación de tranquilidad, además de reducir el dolor y la ansiedad. Liebowitz teoriza que las parejas que están en la fase de apego se gatillan mutuamente esta producción de endorfinas, dándose el uno al otro una sensación de seguridad, estabilidad y tranquilidad. ¿Cuánto dura este apego? Se ha estudiado poco, pero sí se sabe que a medida que envejecemos, resulta más fácil sentirse apegados.

Sin embargo, hay esperanza, no todo se acaba aquí. Arthur Aron ha estudiado parejas que sostienen relaciones de largo plazo que son intensas, profundamente conectadas y sexualmente activas, pero sin elementos de obsesividad. Al parecer, la suposición de que el amor romántico no puede existir en relaciones de largo plazo tendría que ver con la confusión entre dos términos: amor romántico y amor apasionado (este último incluiría alta obsesión, incertidumbre y ansiedad). Según Aron, existen relaciones duraderas en las que se mantiene la intensidad, el interés y la sexualidad, mientras que en el caso de las relaciones con un elemento más obsesivo es mucho menos frecuente que perduren. ¿Demasiado bueno para ser verdad o demasiado duro?

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Un comentario final, personal, arrebatado, convencido, expectante, optimista: el unicornio existe. Tal vez sólo hay que salir a buscarlo.

 

Refs:

The Anatomy of Love, de Helen Fisher. También hay una charla TED muy buena: http://bit.ly/1igZglS

Chemical Connections: Pathways of Love http://nyti.ms/2hqxsQp (entrevista a Michael Liebowitz por su libro The Chemistry of Love, 1983).

Love-Variant: The Wakin-Vo I.D.R. Model of Limerence, Albert Wakin http://bit.ly/2ielpGO (propuesta para considerar la limerencia como un problema mental, similar a una adicción a drogas)

Limerence and the biochemical roots of love addiction http://huff.to/2ixpMJR (otra mirada un poco más fatalista sobre lo mismo)

Does a Long-Term Relationship Kill Romantic Love?, Arthur Aron https://www.apa.org/pubs/journals/releases/gpr13159.pdf

 

 

 

 

 

 

 

 

Refs:

The Anatomy of Love, de Helen Fisher.

Chemical Connections: Pathways of Love http://nyti.ms/2hqxsQp (entrevista a Michael Liebowitz por su libro The Chemistry of Love 1983).

Love-Variant: The Wakin-Vo I.D.R. Model of Limerence, Albert Wakin http://bit.ly/2ielpGO (propuesta para considerar la limerencia como un problema mental, similar a una adicción a drogas)

Limerence and the biochemical roots of love addiction http://huff.to/2ixpMJR (otra mirada un poco más fatalista sobre lo mismo)

 

 

Ser menos pelotudo

Es fin de año y todos sabemos cómo es: queremos arreglar durante el restito de año que nos queda todo lo que hemos hecho mal el año completo. De hecho, nos prometemos que el próximo año sí que seremos la mejor versión de nosotros mismos. Estamos TAN motivados que empezamos ahora mismo: llamamos a ese amigo  perdido, nos ponemos a reciclar, hacemos mandas de no tomar, los que no han ido en todo el año al gimnasio se ponen a correr. Y así.

Obviamente nunca funciona.
“Ser buenos” es un pésimo plan.
Y sí, ya sé, ¿qué tiene que ver eso con el sexo?
UN MONTÓN.

*

Pero antes de explicarles por qué “ser buenos” puede tener pésimos resultados en la cama, quiero justificar por qué tratar de ser buenos es una mala idea en general.

Creo que tratar de “ser bueno” es tan eficiente como calentar una prueba dos horas antes de darla: la expectativa de eficacia es alta -quizás ahora sí que sí memorice ese dato o entienda esa lógica que nunca entendí- y el resultado, sea cual sea, no tiene que ver con ese repasito del último minuto, sino con todo lo otro que hiciste antes.

Una de las ideas más románticas que tenemos es la de poder mejorar continuamente. Alan Watts -no, no es pariente, lamentablemente- lo explica bien, así que voy a resumir lo que él propone.

Tratamos la vida como un viaje, como si tuviese un propósito en sí misma: vamos del colegio a la universidad al trabajo al posgrado etc etc. El problema es que la vida no tiene una meta, un objetivo: no es como que un día te gradúes de “ser mejor persona”. Además, ese “yo” que quiere progresar es en sí mismo defectuoso, o sea que los intentos de ser mejor tienen intrínsecamente defectos / un punto ciego (y desde el taoísmo, lo bueno implica lo malo, entonces todo intento de ser mejor  trae aparejado el ser peor).

Entonces, dice Watts, qué pasa si en vez de tratar la vida como un viaje -con un destino, objetivo- la tratáramos como la música: disfrutamos a la música por lo que es, nos dejamos llevar. No escuchamos una canción para escuchar la última nota: la disfrutamos entera, cantamos y bailamos. Entonces, soltemos: en vez de hacer las cosas con un fin -meditar para ser iluminado, estudiar para el cartón- hay que hacer las cosas por lo que son -meditar porque te gusta meditar, estudiar porque te gusta estudiar…y una adición mía: ¡tirar porque te gusta tirar!-.

Ya, hasta ahí, Alan Watts (ídolo).

*

Ahora, si insisten -a pesar de todo- en querer ser buenos, salen más problemas al camino.

 “Ser buenos” es genérico, y como todos tenemos distintas apreciaciones sobre qué es ser bueno, todos esos esfuerzos quedan dispersos en microacciones con poquito impacto. A veces, todavía peor, hacemos como que sabemos lo que el otro espera de nosotros -le leemos la mente- y actuamos acorde a esa idea que más bien *nuestra* idea de lo que el otro quiere.

¿Entonces, tal vez la solución ser específicos? Ser buenos: tolerantes, cariñosos, considerados, amables, etc., etc. Hmm tampoco en realidad. Sé que no los voy a convencer de dejar de intentar ser buenos ahora ya, pero tengo una propuesta inversa para los duros de cabeza: en vez de ser buenos, apuntemos a ser menos pelotudos.

(Un ejemplo tonto: estás en el ascensor de la pega, vas medio atrasado y las puertas comienzan a cerrarse. Se acerca corriendo alguien y detienes el cierre. ¡Qué buena onda! Sí, excepto que para los otros 9 que estaban contigo en el ascensor es una acción arbitraria que ocupa su tiempo para tú te hagas el lindo haciéndote el generoso-paciente).

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La RAE dice que un pelotudo es una persona “que tiene pocas luces o que obra como si las tuviera”. O como dice el aforismo de Lichtenberg: “hay ineptos entusiastas, gente muy peligrosa”. Se es pelotudo cuando uno actúa creyendo que la hace de lujo cuando en realidad las está cagando.

Un racimito de ejemplos:

– Un amigo anda detrás tuyo, pero no te gusta. No quieres hacerlo sufrir, entonces no le dices nada. Él, persiste, tú nunca lo cortas.
Versión menos pelotuda: lo cortas, le ahorras el gasto de energía y tiempo, y tal vez gracias a eso tiene cabeza para conocer a otra persona.

– Estás tirando y tu contraparte está haciendo algo fome o molesto o doloroso. Como no quieres herir su orgullo ni matar la onda del momento, no dices nada. Como no dices nada, sigue.
Versión menos pelotuda: le dices que no te gusta lo que está haciendo y se dedican a hacer a algo que les guste.

– Llevas años con tu pareja y no hablan mucho de sexo, ya se conocen, sería reiterativo, quizás hasta ofensivo o vergonzoso. Ah pero claro, hablas todos los días del trabajo (que es el mismo), de lo que almorzaste (igual a la semana pasada), pero no hablas todos los días de sexo? ¡Ni siquiera semanalmente? Qué curioso, ¿ah?
Súper pelotudo, po. Dios de los pelotudos. La conversa sobre sexo es continua. Así como cambias en otros ámbitos, también cambias sexualmente.

– Tu pareja / pinche / tiramigo es guapísima, pero para qué decírselo, si ya lo sabe.
Pelotudo-egoísta-poco-galante, te pasaste. El refuerzo positivo, la apreciación gratuita, es una de las cosas más lindas que puedes hacer por alguien. Así que si vas a partir por ser menos pelotudo, parte por acá: dile que te gusta, que te calienta, que te mueve, que te hace feliz. Es gratis y tiene un ROI del 100%.

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Entonces, dos cosas:
1) Si puedes dejar de esforzarte en ser bueno y en cambio hacer, disfrutar, ser, soltar, do it!
2) Si no puedes soltar y tienes que aferrarte a algo, que sea a ser menos pelotudo. Sé consistentemente menos pelotudo, todos los días. Y tal vez un día caches que sólo puedes ser lo que eres, y sueltes.

Videos con lecturas de Alan Watts
– Music & Life (2min 22s): http://bit.ly/2i2Tx8K
– How to get out of your own way: http://bit.ly/2ilgYKT

 

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