The Economics of Sex (resumen)

*** VIDEO*** OJO: esto es sólo un resumen, no una opinión.

La premisa: las estadisticas de matrimonios han disminuido porque las mujeres se han liberado sexualmente.
El sexo es un intercambio donde cada sujeto le da algo a cambio al otro -acceso al cuerpo del otro- . El hombre y la mujer disfrutan del sexo, pero lo experimentan de maneras distintas.
El hombre tiene mayor deseo sexual que las mujeres e inicia los encuentros sexuales en mayor proporción que las mujeres. Son más permisivos respecto del sexo y conectan el sexo al romance de manera menos frecuente.
Las mujeres, en cambio tienden a tener sexo por razones distintas al placer. Las motivaciones para el sexo de ellas son expresar y recibir amor, reforzar el compromiso, reafirmar su deseabilidad y obtener mayor estabilidad en la relación.
El sexo es un recurso de la mujer, por lo tanto, ella decide cuándo comenzar una relación sexual fijando un “precio”: a los hombres puede costarles un par de tragos y halagos, un mes de citas o la promesa de compartir todo su afecto, riqueza y ganancias para toda la vida con ella.
¿Qué es lo que cambió? La introducción de la píldora anticonceptiva (y se la compara con la invención de los pesticidas). Antes, para tener sexo había que estar al menos en una relación más o menos seria, porque las consecuencias estaban más orientadas hacia el matrimonio. Ahora tener sexo y casarse no van necesariamente de la mano, por lo que podría decirse que hay dos mercados, uno del sexo (donde hay más hombres buscando tener sexo) y otro del matrimonio (donde hay más mujeres). Entonces en el primer caso, las mujeres deciden con quiénes y cuándo tienen sexo, porque la demanda es más alta,
-pudiendo ser más selectivas en el corto plazo- mientras que en el mercado del matrimonio, pasa lo contrario.Es decir, los hombres se ponen selectivos antes de comprometerese, intentando alargar el sexo casual o descomprometido. (Maximizando sus ganacias mientras invierten pocos recursos).
¿Por qué los hombres se comportan así? Porque pueden. La solidaridad entre las mujeres respecto del mercado del apareamiento se ha disuelto, y ahora compiten unas con otras. Y cuando compiten, lo hacen ofreciendo sexo.
La solución que propone el video es la colusión entre las mujeres para elevar el valor de mercado del sexo.Si las mujeres estuviesen a cargo del mercado, se verían relaciones más largas, mayor inversión de tiempo y recursos, menos partners sexuales premaritales, menos cohabitación y finalmente, más matrimonios.

Cambiar tu historia

Fin de año, al fin. Quiero desearles todo lo que todos nos deseamos mutuamente: que los proyectos, que la familia, que el trabajo, que el amor, que los deseos etc., etc., se cumplan. Quiero todo eso para cada uno de ustedes, obvio.

Pero esos buenos deseos me sacan bostezos. Son medios blandos, dulzones, fáciles, complacientes.

Ok, me arrepiento: lo retiro. En verdad no me interesa tanto que se les cumplan todos los proyectos y deseos, no.

Quiero desearles la capacidad de cambiar su historia.

*

El único motivo por el que el Año Nuevo como concepto suena tan bien es porque parece el inicio de algo más, lleno de promesas de cambio.

Cuando somos chicos esa ilusión es muy sensata: comenzamos otro ciclo escolar en el que aprenderemos cosas distintas y novedosas. Nos compran útiles escolares nuevos para poder embarcarnos en esa tarea, se vienen nuevos desafíos. Crecemos un par de centímetros, nuestra ropa ya no nos queda, nuestros cuerpos se transforman. Parece casi inevitable: cambia nuestro entorno y nuestro cuerpo, por lo tanto suponemos que porque pasamos de un año a otro nosotros también debemos cambiar, ser distintos.

Cuando somos mayores la ilusión es más difícil de mantener porque dejamos de crecer hace rato, normalmente vivimos y trabajamos en el mismo lugar de un año a otro y nuestras funciones y relaciones son más o menos las mismas. Sí, cambia el año en un dígito, pero ¿qué más cambia?

*

La cosa es que la vida no sigue el ritmo del calendario, porque la vida no se subdivide en casilleritos de tiempo que obedecen a un orden superior. Sí, nos acordamos de lo que pasó el 96 y el 99, el verano del 2002 y el invierno pasado, pero es porque nosotros quisimos ordenarlo así, ¿cierto?

La vida sigue, con o sin Año Nuevo, con o sin cambio de mes, con o sin horas. El cambio, si es que sucede, está muy distante de tener algo que ver con un constructo como el tiempo, y no tiene por qué obedecerlo. Entonces, ¿con qué tiene que ver? ¿Cómo se cambia? ¿Es posible el cambio?

*

Voy responder eso en diagonal, porque no tengo una respuesta 100% clara, pero sí unas cuantas ideas.

Pensemos un poco en las nociones populares de cambio sobre nosotros mismos que manejamos. Yo identifiqué 3:

  • La gente no cambia: en el fondo, uno siempre es el mismo, todos seguimos teniendo 15 años mentales y esto de ir a trabajar y relacionarnos como adultos es lo mismo que salir a recreo en el colegio. Las mismas envidias e inseguridades que nos tironeaban de chicos nos tironean ahora, sólo que ahora tenemos plata, hablamos de política y podemos comer dulces cuando queremos.
  • La gente cambia, pero gracias a todo lo que ha vivido: puedes cambiar radicalmente, pero eres lo que eres por tu historia. La oruga que se convierte en mariposa: la mariposa no es posible sin la oruga.
  • Siempre puedes ser mejor: este es el discurso de esos posts súper positivos, cargados de buenas intenciones. Más flaca, más culta, (de apariencia) más joven, más interesante, más, más, más, ¡más!

No hay nada de malo con ninguna de esas ideas. A mí me cuesta no estar de acuerdo con las dos primeras lógicas porque me parecen superficialmente opuestas, pero ambas tienen en común la idea de un núcleo duro de cosas que nos hacen ser nosotros mismos. En la primera, la identidad; en la segunda, la historia. Ambas estás súper ligadas: la historia que tenemos tiene que ver con quiénes somos, con las decisiones que tomamos. La tercera me parece simplemente agotadora y una buena técnica de publicidad, aunque eso sólo puede ser una idea mía. (Y a veces yo creo que uno puede querer ser menos: menos wea, menos hinchabolas, menos egocéntrica, menos, menos, ¡menos! … lo que también es agotador).

Las dos primeras, entonces, se anclan en la memoria: si no hay memoria, no hay identidad ni historia. La tercera se ancla en el presente, en una medición constante proyectada a una meta (la lógica del “no ser suficiente todavía, pero algún día…”).

El único problema de la memoria es que es selectiva. Claro, hacemos como que recordamos todo, porque es aterrador darnos cuenta de cuánto olvidamos. Se supone que recordamos lo importante…pero tanto de lo recordado tiene que ver con una selección específica para contar la historia que nos queremos contar.

Aguanten esa idea.

*

Una de las cosas que me preocupa es la obsesión que tenemos con la continuidad, con la coherencia. Yo lo peleo en mi cabeza todo el tiempo. Decimos que algo es “raro en Pepito” cuando nos parece que no calza con los comportamientos previos o con la historia que le conocemos. Aplicamos esa misma lógica a nosotros mismos –self-herding, como lo expliqué un par de artículos atrás-: las decisiones que hemos tomado previamente nos parecen las más consistentes y sanas porque…las tomamos previamente. Entonces seguimos tomándolas. Y seguimos siendo súper consistentes haciendo cosas que ya hemos hecho.

Les tengo una noticia que no es noticia: ser consistente es súper bueno si uno ha tomado buenas decisiones, pero es súper mala idea si uno ha tomado decisiones que le hacen ser infeliz, que son pencas o conformistas.

¿Cuántas cosas dejamos de hacer porque no calzan en lo que somos / debemos ser? ¿Cuántas historias posibles se nos pierden?

*

¿Qué pasa si en vez de contarnos la misma historia sobre nosotros mismos decidimos contarnos una historia diferente?

No significa olvidarse de quiénes somos -la memoria sigue ahí y ojo, habrá gente muy muy interesada en recordarnos quiénes fuimos, cómo éramos, cómo hemos cambiado-, sino, más bien, en entender que lo que somos es un cuento.

Un cuento: un armado, un relato acondicionado con anécdotas que refuerzan específicamente ciertas cosas que quiénes somos y qué queremos.

Uy, tanta libertad si nos hacemos cargo de eso. Tantas posibilidades. Si lo que somos es un cuento, entonces ¿qué cuento queremos empezar a contarle al mundo de nosotros mismos ahora? ¿Qué versión? ¿Cómo nos armamos como personajes? ¿Qué historias queremos vivir? ¿Qué opciones decidimos tomar?

Como toda historia, hay límites que tienen que ver con la capacidad del autor: no podemos tener TODAS las historias del mundo a disposición, porque no somos autores omnipotentes, no tenemos todos los talentos posibles, pero sí podemos disponer de las historias para las que nos da el cuero, que podemos tolerar, que están a nuestro alcance.

Cuando estoy en una situación que me interesa o me preocupa hago el ejercico de preguntarme: de este momento, ¿cuáles son las historias posibles? ¿Cuáles son los universos paralelos que se bifurcan según el camino que tome? ¿Cuál de esas historias me gusta más?

*

Para este año que se viene, para mañana, para un par de horas más, para el siguiente minuto, tal vez en vez de pensar en la lógica cíclica del tiempo, en la coherencia, en el paso a paso, en el cierre de capítulo para continuar otro (que es, en el fondo, parte del mismo libro), ¿por qué no empezar a hacernos cargo de qué historia queremos contar ahora sobre nosotros mismos? Adiós capítulo, adiós caminito con migajas de pan, adiós “ella/él siempre ha sido”.

Bienvenidas las oportunidades
bienvenidas las nuevas experiencias
bienvenidas las nuevas personas
bienvenidas las cosas que queremos seguir haciendo porque las disfrutamos de verdad
bienvenido a “me cansé de aguantar”
bienvenida a “se acabó la buena ondi”
bienvenida a “en verdad soy cero femme fatale /macho alfa”
bienvenida a “waaa ¡nunca me había puesto un disfraz!”
bienvenida a “¿sabís qué? prefiero con la luz prendida”
bienvenida a “llevo 5 años trotando, pero ¡me carga!”
bienvenida a “no necesito comer 7 veces al día”
bienvenida a “ok, voy a empezar a tomar desayuno”
bienvenida a “me carga ser la que organiza todo”
bienvenida a “¿por qué tontera estábamos peleados?”
bienvenida a “ya no quiero estar contigo”
bienvenida a “la cagó cómo me gustas”.

Bienvenida a la historia que queremos empezar a contarnos de nosotros mismos.

Enamoramiento: la montaña rusa emocional

La mayoría de nosotros sabe cómo se siente: de pronto una persona que no era nadie se convierte en el foco de tu vida. Te cuesta dormir, fantaseas situaciones improbables con ella, a la mención de su nombre o de algo que se le relacione te sientes más alerta. Es como si esa persona te hubiese agarrado el corazón (y algo más) y decidido no soltarlo hasta nuevo aviso. Uno sufre pensando en que nunca se concretará o que se arruinará demasiado pronto, y se vive una intensidad tan eufórica que pareciera que uno es meramente el resto descerebrado de su antiguo yo. Se le puede llamar “enamoramiento” o “encaprichamiento” o “atracción”, o, como muy acertadamente me comentó una amiga ayer “¡es que me tiene babosa!”.

*

En los setenta Dorothy Tennov se dedicó a estudiar la sensación del amor romántico tomando testimonios de personas que decían sentirse de esa manera. Su hipótesis era que existía un estado psicológico distintivo e involuntario que era posible de identificar, independiente de diferencias socioculturales, de raza, sexo y cualquier otro atributo posible. A este estado ella le llamó “limerencia”.

Tennov definió la limerencia como un “estado involuntario interpersonal que involucra un deseo agudo de reciprocidad emocional, con pensamientos, sentimientos y comportamientos obsesivo-compulsivos, además de la sensación de dependencia emocional respecto de otra persona”. Albert Wakin, experto en limerencia y con una visión algo más fatalista, la define como una combinación de un desorden obsesivo-compulsivo y adicción, o sea, un estado de deseo compulsivo por otra persona. En el mejor de los casos se vive con intensidad y se transforma en amor mutuo sano (o se desintegra solo), en el peor, en un estado psicológico que se apodera de tu vida.

¿Suena exagerado? ¡JA! Lee las siguientes características de la limerencia a ver si has pasado por esto:

  • El elegido: una persona que empieza a cobrar un “significado especial”. Puede ser alguien nuevo o un amigo que comienzas a ver con otros ojos. (Como lo decía uno de los testimonios: “Todo mi mundo se había transformado. Tenía un nuevo eje, y ese eje era ella”).
  • Pensamientos intrusivos e incontrolables sobre el otro: recuerdas y atesoras cosas que el otro dijo, te preguntas qué pensaría de ese libro o película. Cada momento que comparten tiene un peso especial y se vuelve material a examinar mentalmente una y otra vez.
    Al principio estos pensamientos intrusivos son menos del 5% de las horas en que uno está despierto, pero a medida que crece la obsesión, pasan a ser del 85% al 100%. Y ahí comienza la cristalización.
  • Cristalización: no, no es idealización, ya que percibes las debilidades de tu ídolo, pero las descartas y te convences de que esos defectos son únicos y encantadores (además de preferir enfocarte en sus aspectos positivos).
  • Sensación de esperanza, euforia, incertidumbre y miedo: analizas sin fin de cada palabra y gesto para determinar su posible significado. A cualquier señal de reciprocidad -real o imaginada-, sientes euforia. La incertidumbre se vuelve miedo o desesperación si es que el otro rechaza tus avances. La intensidad pasional se mantiene e incluso engrandece ante la adversidad.
  • Experimentas síntomas físicos cuando estás en presencia del otro, como temblores, sonrojarse, sensación de debilidad general o palpitaciones del corazón, incluso tartamudeos. Te sientes extremadamente tímido o nervioso o confundido, como si se te hubiese olvidado cómo hacer hasta las cosas más sencillas: una torpeza sin límites.
  • Ajustas tu horario para maximizar los posibles encuentros con el otro.

Sí, es agotador.

*

Pero ¿qué es? ¿Qué nos pasa físicamente que sentimos ese amor-obsesión de manera tan rotunda? Cuando estás enamorado/obsesionado tu cuerpo cambia también. Las investigaciones señalan que este estado es el resultado de un proceso bioquímico en el cerebro. En corto, la glándula pituitaria responde a señales del hipotálamo y libera:
+ Norepinefrina
+ Dopamina
+ Estrógeno
+ Testosterona
+ Feniletilamina (FEA -o PEA, por su nombre en inglés-, una anfetamina natural que causa sensación excitación, euforia y entusiasmo)
Este cocktail tiene poco de inocencia, porque lo que genera es una sensación de euforia. Cómo no, si tu cerebro está generando anfetas.

*

Lo de la FEA (o PEA) no es como para tomárselo a la ligera. Michael Liebowitz y Donald Klein estudiaron, en los ochenta, los efectos de la FEA mientras trataban a pacientes que eran “adictos al amor” (love junkies). Estas personas anhelaban tener una relación, y en la urgencia de tenerla, elegían parejas inapropiadas. Luego, cuando eran rechazados, su euforia se volvía desamparo, hasta que volvían a “enamorarse” obsesivamente de nuevo. El “adicto al amor” pasaba entonces de sentirse absolutamente eufórico a sentirse devastado, en una montaña rusa emocional que lo hacía pedacitos.

 Lo que Liebowitz y Klein sospechaban era que este tipo de personas eran adictas a la FEA. Lo que hicieron entonces fue administrarles inhibidores de la MAO, que son antidepresivos que bloquean la acción de una enzima que degrada a la FEA (o sea, estos inhibidores elevan los niveles de FEA). Los resultados apuntaron a concluir que los “adictos al amor” lo eran debido a que carecían de suficientes niveles de FEA. Uno de los casos más ilustrativos fue el de un paciente que luego de un par de semanas de recibir los inhibidores MAO, comenzó a escoger con más cuidado a sus parejas, ya que ya no anhelaba el peak de FEA que le daban sus relaciones desastrosas. Este tipo había pasado años en terapia, pero no había sido capaz de aplicar nada de lo que había aprendido en ella hasta ese momento, porque siempre tenía una reacción emocional demasiado poderosa.

Ok, hasta ahí con la FEA, que explica en parte las sensaciones de euforia que uno siente cuando se está enamorando. Pero hay tanto más antes y después: la cultura también define de quién nos enamoramos, cuándo nos enamoramos y dónde. Cuando encuentras a esa persona de la que te enamoras, la FEA tiene responsabilidad sobre el cómo te enamoras.

Ahora bien, hay que notar que hay gente que nunca se ha enamorado. Se ha registrado que algunas de las personas que no son capaces de “enamorarse” de esta forma sufren de hipopituitarismo, una enfermedad de causa problemas hormonales y “ceguera al amor”, según Helen Fisher. Esta gente tinede a llevar vidas normales, y por ejemplo se casan, sí, pero por compañerismo, porque ese frenesí del que hablamos antes es algo que desconocen.

*

No todo dura para siempre y el enamoramiento, según algunos autores, corre esa misma suerte. Tennov midió la duración de este amor romántico desde el momento en que comenzaba el enamoramiento hasta llegar a un sentimiento de neutralidad por el objeto amado. ¿Cuánto dura? “El intervalo más frecuente y también el promedio es entre 18 meses y 3 años”.

Liebowitz, por su parte, sospecha que ese aplanamiento luego de tanta intensidad tiene que ver con un ajuste cerebral: cree que el cerebro no puede mantener ese estado de euforia romántica para siempre, ya sea porque las terminaciones nerviosas se acostumbran a los estimulantes naturales del cerebro o porque disminuyen los niveles de FEA. Él lo plantea así: “Si quieres mantener una situación en la que tú y tu pareja de años quieren seguir sintiéndose super excitados el uno por el otro, tienes que trabajarlo, porque te estás rebelando ante una marea biológica”.

Luego del enamoramiento la sensación de apego comienza a reemplazar a esa locura inicial. El apego es el sentimiento de calidez, seguridad y comodidad que tantas parejas dicen sentir. Cuando empieza a disminuir el enamoramiento y a aumentar la sensación de apego, comienza a operar otro sistema químico: los opiáceos. Se liberan endorfinas, las que son similares a la morfina y generan una sensación de tranquilidad, además de reducir el dolor y la ansiedad. Liebowitz teoriza que las parejas que están en la fase de apego se gatillan mutuamente esta producción de endorfinas, dándose el uno al otro una sensación de seguridad, estabilidad y tranquilidad. ¿Cuánto dura este apego? Se ha estudiado poco, pero sí se sabe que a medida que envejecemos, resulta más fácil sentirse apegados.

Sin embargo, hay esperanza, no todo se acaba aquí. Arthur Aron a estudiado parejas que sostienen relaciones de largo plazo que son intensas, profundamente conectadas y sexualmente activas, pero sin elementos de obsesividad. Al parecer, la suposición de que el amor romántico no puede existir en relaciones de largo plazo tendría que ver con la confusión entre dos términos: amor romántico y amor apasionado (este último incluiría alta obsesión, incertidumbre y ansiedad). Según Aron, existen relaciones duraderas en las que se mantiene la intensidad, el interés y la sexualidad, mientras que en el caso de las relaciones con un elemento más obsesivo es mucho menos frecuente que perduren. ¿Demasiado bueno para ser verdad o demasiado duro?

*

Un comentario final, personal, arrebatado, convencido, expectante, optimista: el unicornio existe. Tal vez sólo hay que salir a buscarlo.

 

Refs:

The Anatomy of Love, de Helen Fisher. También hay una charla TED muy buena: http://bit.ly/1igZglS

Chemical Connections: Pathways of Love http://nyti.ms/2hqxsQp (entrevista a Michael Liebowitz por su libro The Chemistry of Love, 1983).

Love-Variant: The Wakin-Vo I.D.R. Model of Limerence, Albert Wakin http://bit.ly/2ielpGO (propuesta para considerar la limerencia como un problema mental, similar a una adicción a drogas)

Limerence and the biochemical roots of love addiction http://huff.to/2ixpMJR (otra mirada un poco más fatalista sobre lo mismo)

Does a Long-Term Relationship Kill Romantic Love?, Arthur Aron https://www.apa.org/pubs/journals/releases/gpr13159.pdf

 

 

 

 

 

 

 

 

Refs:

The Anatomy of Love, de Helen Fisher.

Chemical Connections: Pathways of Love http://nyti.ms/2hqxsQp (entrevista a Michael Liebowitz por su libro The Chemistry of Love 1983).

Love-Variant: The Wakin-Vo I.D.R. Model of Limerence, Albert Wakin http://bit.ly/2ielpGO (propuesta para considerar la limerencia como un problema mental, similar a una adicción a drogas)

Limerence and the biochemical roots of love addiction http://huff.to/2ixpMJR (otra mirada un poco más fatalista sobre lo mismo)

 

 

Ser menos pelotudo

Es fin de año y todos sabemos cómo es: queremos arreglar durante el restito de año que nos queda todo lo que hemos hecho mal el año completo. De hecho, nos prometemos que el próximo año sí que seremos la mejor versión de nosotros mismos. Estamos TAN motivados que empezamos ahora mismo: llamamos a ese amigo  perdido, nos ponemos a reciclar, hacemos mandas de no tomar, los que no han ido en todo el año al gimnasio se ponen a correr. Y así.

Obviamente nunca funciona.
“Ser buenos” es un pésimo plan.
Y sí, ya sé, ¿qué tiene que ver eso con el sexo?
UN MONTÓN.

*

Pero antes de explicarles por qué “ser buenos” puede tener pésimos resultados en la cama, quiero justificar por qué tratar de ser buenos es una mala idea en general.

Creo que tratar de “ser bueno” es tan eficiente como calentar una prueba dos horas antes de darla: la expectativa de eficacia es alta -quizás ahora sí que sí memorice ese dato o entienda esa lógica que nunca entendí- y el resultado, sea cual sea, no tiene que ver con ese repasito del último minuto, sino con todo lo otro que hiciste antes.

Una de las ideas más románticas que tenemos es la de poder mejorar continuamente. Alan Watts -no, no es pariente, lamentablemente- lo explica bien, así que voy a resumir lo que él propone.

Tratamos la vida como un viaje, como si tuviese un propósito en sí misma: vamos del colegio a la universidad al trabajo al posgrado etc etc. El problema es que la vida no tiene una meta, un objetivo: no es como que un día te gradúes de “ser mejor persona”. Además, ese “yo” que quiere progresar es en sí mismo defectuoso, o sea que los intentos de ser mejor tienen intrínsecamente defectos / un punto ciego (y desde el taoísmo, lo bueno implica lo malo, entonces todo intento de ser mejor  trae aparejado el ser peor).

Entonces, dice Watts, qué pasa si en vez de tratar la vida como un viaje -con un destino, objetivo- la tratáramos como la música: disfrutamos a la música por lo que es, nos dejamos llevar. No escuchamos una canción para escuchar la última nota: la disfrutamos entera, cantamos y bailamos. Entonces, soltemos: en vez de hacer las cosas con un fin -meditar para ser iluminado, estudiar para el cartón- hay que hacer las cosas por lo que son -meditar porque te gusta meditar, estudiar porque te gusta estudiar…y una adición mía: ¡tirar porque te gusta tirar!-.

Ya, hasta ahí, Alan Watts (ídolo).

*

Ahora, si insisten -a pesar de todo- en querer ser buenos, salen más problemas al camino.

 “Ser buenos” es genérico, y como todos tenemos distintas apreciaciones sobre qué es ser bueno, todos esos esfuerzos quedan dispersos en microacciones con poquito impacto. A veces, todavía peor, hacemos como que sabemos lo que el otro espera de nosotros -le leemos la mente- y actuamos acorde a esa idea que más bien *nuestra* idea de lo que el otro quiere.

¿Entonces, tal vez la solución ser específicos? Ser buenos: tolerantes, cariñosos, considerados, amables, etc., etc. Hmm tampoco en realidad. Sé que no los voy a convencer de dejar de intentar ser buenos ahora ya, pero tengo una propuesta inversa para los duros de cabeza: en vez de ser buenos, apuntemos a ser menos pelotudos.

(Un ejemplo tonto: estás en el ascensor de la pega, vas medio atrasado y las puertas comienzan a cerrarse. Se acerca corriendo alguien y detienes el cierre. ¡Qué buena onda! Sí, excepto que para los otros 9 que estaban contigo en el ascensor es una acción arbitraria que ocupa su tiempo para tú te hagas el lindo haciéndote el generoso-paciente).

*

La RAE dice que un pelotudo es una persona “que tiene pocas luces o que obra como si las tuviera”. O como dice el aforismo de Lichtenberg: “hay ineptos entusiastas, gente muy peligrosa”. Se es pelotudo cuando uno actúa creyendo que la hace de lujo cuando en realidad las está cagando.

Un racimito de ejemplos:

– Un amigo anda detrás tuyo, pero no te gusta. No quieres hacerlo sufrir, entonces no le dices nada. Él, persiste, tú nunca lo cortas.
Versión menos pelotuda: lo cortas, le ahorras el gasto de energía y tiempo, y tal vez gracias a eso tiene cabeza para conocer a otra persona.

– Estás tirando y tu contraparte está haciendo algo fome o molesto o doloroso. Como no quieres herir su orgullo ni matar la onda del momento, no dices nada. Como no dices nada, sigue.
Versión menos pelotuda: le dices que no te gusta lo que está haciendo y se dedican a hacer a algo que les guste.

– Llevas años con tu pareja y no hablan mucho de sexo, ya se conocen, sería reiterativo, quizás hasta ofensivo o vergonzoso. Ah pero claro, hablas todos los días del trabajo (que es el mismo), de lo que almorzaste (igual a la semana pasada), pero no hablas todos los días de sexo? ¡Ni siquiera semanalmente? Qué curioso, ¿ah?
Súper pelotudo, po. Dios de los pelotudos. La conversa sobre sexo es continua. Así como cambias en otros ámbitos, también cambias sexualmente.

– Tu pareja / pinche / tiramigo es guapísima, pero para qué decírselo, si ya lo sabe.
Pelotudo-egoísta-poco-galante, te pasaste. El refuerzo positivo, la apreciación gratuita, es una de las cosas más lindas que puedes hacer por alguien. Así que si vas a partir por ser menos pelotudo, parte por acá: dile que te gusta, que te calienta, que te mueve, que te hace feliz. Es gratis y tiene un ROI del 100%.

*

Entonces, dos cosas:
1) Si puedes dejar de esforzarte en ser bueno y en cambio hacer, disfrutar, ser, soltar, do it!
2) Si no puedes soltar y tienes que aferrarte a algo, que sea a ser menos pelotudo. Sé consistentemente menos pelotudo, todos los días. Y tal vez un día caches que sólo puedes ser lo que eres, y sueltes.

Videos con lecturas de Alan Watts
– Music & Life (2min 22s): http://bit.ly/2i2Tx8K
– How to get out of your own way: http://bit.ly/2ilgYKT

 

workshop-4

Tener ganas

Un amigo me dice que hace años que no le atrae de verdad alguien. Una amiga ya no se calienta con su pareja. Otra me dice que ha pasado tanto tiempo que ya se le olvidó tirar. Un amigo tira, pero sin emoción y eso le arruina el cuento un poco.

Sentimos, a veces, que el deseo se apaga. Pero esa es una manera muy muy fácil de decirlo: “se apaga”, como si alguien más decidiera por nosotros. A veces le ponemos nombre a ese otro al que le echamos la culpa: decimos que nuestra pareja ha cambiado y por eso ya no es atractiva, que los tipos con los que salimos son pencas entonces así no se puede o que nuestro signo zodiacal y las estrellas y bla bla bla. Y así.

*

La gente dice “no logro engancharme” o “no me dan ganas de tirar” o “nadie me atrae” o “ya no me caliento” y la sarta de cosas que dicen después hacen que suene a que es algo estático y de causal externa, una condena a la que se han acostumbrado.

“No tiro, pero ya no es tan importante”. Hay gente que es menos sexual (y no me estoy refiriendo a ellos, ni tampoco a trastornos sexuales ni a causas físicas o psicológicas que puedan incidir), pero hay gente para los que el sexo fue importante y de pronto ya no lo es. Algo que era placentero se volvió una lata. Ahí hay que tomar cartas.

“Salgo y salgo con gente, pero nadie me gusta, me aburro”. De toda la gente que conoces, al menos alguien debe calificar para algo, sea o no viable. Nadie dice que tiene que gustarte para casarte, pero sentir esa chispa, ese revoltijo interno, ese temblor antes de ver a alguien que te gusta es un placer que yo creo que tenemos que cultivar. Quizás no te gusta la persona completa -no sé, tiene tal vez gustos en música que te parecen deplorables-, pero sí te gustan partes de ella de las que puedes disfrutar -pueden hablar de películas, te agrada su compañía o tiene unos labios muy besables que usas para ese fin precisamente-.

“No me caliento con nada”. ¡Con nada! ¿En serio? ¿Qué tiene que llegar, el pack completo? Ya, y por último, por tu cuenta: un poco de sexo con la persona que más amas (tú mismo) no le hace mal a nadie. ¿Ni siquiera eso? Si tú mismo no te puedes estimular y entretener, ¿cómo esperas que otro lo haga?

*

¿Por qué perdemos la capacidad de gozar de los otros?
En parte creo que hay un seteo bien rígido de cómo debemos gozar del otro: o nos gusta o no nos gusta -absolutista-, y luego si nos gusta, tiene que haber un componente sexual o por el contrario, si no nos gusta no puede haber un componente sexual. Y así.

Mi experiencia me demuestra que la vida es bien al lote y por lo mismo, he tratado de ir cambiando esas ideas. Fantaseo durante el día con gente con la que en la práctica no pasaría nada -juego a “Podría tirármelo?”, un juego muy sencillo para conectar con las ganas-. Me junto con gente que me gusta, pero a veces no me gusta completa y lo paso increíble igual. Me junto con gente que me hace reír -y ahí hay goce- ,con gente que me parece atractiva físicamente -y ahí hay goce de nuevo-, con gente que me estimula intelectualmente -y ahí hay goce-, con gente que piensa distinto a mí -y ahí hay goce-. Y si dejo que alguien me toque -ojo: yo elijo que alguien me toque- ahí hay goce también y disfruto de la experiencia (aunque no sea el amor de mi vida, aunque no cumpla con todo lo que quiero para una relación o ni siquiera para repetir, ¡celebro ese encuentro!).

También creo que esperamos que otros nos resuelvan cosas. Que otros te encanten, fascinen. En Tinder lo veo harto: “quiero alguien que me sorprenda”, “quiero a alguien que me haga reír”, “quiero a alguien que me desarme”. BACÁN, todos queremos eso, pero antes de quererlo tal vez hay que preguntarse si nosotros mismos somos sorprendentes, si nosotros mismos somos alegres y divertidos, si nosotros mismos somos capaces de reinventarnos. Si la respuesta es sí, entonces dale, pon la vara que quieras porque lo más probable es que te llueva gente.

*

Si andas apagado, si la gente no te parece tan interesante, probablemente tiene que ver contigo.
Para que el sexo sea fome requiere de dos (o más) personas que sean fomes en la cama.
Para que una conversación sea fome, también.

Si toda tu vida es plana, no es culpa de la gente, es responsabilidad tuya.

Tienes dos opciones, o seguir en la misma o empezar a preocuparte de pasarlo bien: con detalles chicos primero, buscando el placer para ti en cosas que a ti te gustan: desde tomarte un café hasta hacer deporte y no sé, pegarte un agarre de esos buenos con alguien que te gusta. ¿Por qué no? Pero es una decisión que hay que potenciar con ganas: hay que cultivar el goce para que tu vida sea más rica, y para eso tú mismo tienes que tener la disposición para pasarlo bien, de gozar con lo que tienes. Se parte con poco, pero después la vida es una fiesta.

workshop-2

Los pendientes

Los pendientes: los “algún día” o los “podría haber sido diferente”. Los “si le hubiese dicho, tal vez algo habría pasado”. Los “en algún momento estaremos juntos, estoy seguro”. Los “siempre ha habido química, pero…”, los “me encanta, pero nunca se ha dado”.

Los pendientes. Los putos pendientes. Los pendientes son bien como la cresta porque ocupan espacio y energía, pero no son nada concreto. Son perfectos, sí, pero porque no existen: no hay mejor cacha que la que no se ha tenido, no hay mejor beso que ese que aún no se da. No hay mejor pareja que esa que está por venir. “Vamos a ser tan felices”.

Los pendientes son una mentira. Son cómodos y facilones porque uno siempre llega a ellos o demasiado tarde o demasiado anticipado. Pareciera que estamos a destiempo, que si las circunstancias fuesen distintas, podría funcionar, pero oh, qué tragedia, ya fue -se casó, perdimos el contacto, pololea, ya no me habla- o no sérá todavía -porque se casó, perdimos el contacto, pololea, ya no me habla-. Pfffff.

Los pendientes siempre quedan en un purgatorio amoroso: pagan las culpas de otras cosas, estancados en un limbo que puede que no tenga nada que ver con ellos, si no, más bien, con cosas que no nos atrevemos a tocar.

Es fácil chutear los deseos hacia atrás o hacia adelante. Es fácil añorar lo que se tuvo, lo que hubiese podido ser, lo que podría ser en el futuro. ¡Es lo más fácil del mundo! Y lo que es más fácil todavía es mentirse activamente mientras se añora.

Si no tienes las pelotas para hacerte cargo de tus pendientes, no mereces que se concreten. Si tienes claro que no te los mereces y te sigues refugiando en ellos, eres cobarde. Suena pesado, sí, pero mira lo tibio de tu postura: qué manera más sencilla de vivir si elegiste añorar los pendientes: en vez de hacer, esperar. En vez de arriesgarse, quedarse en la esquina. En vez de seguir adelante, entramparte.

Todos los tenemos: pendientes más o menos reales, pendientes en los que nos perdemos cuando la vida -la verdadera, ésta- se vuelve monótona o agobiante. Los pendientes son un escape, pero en la ilusión de ese escape se te va el tiempo.

Al pasado, final: tu ex es tu ex porque no están juntos. Esa mina que te gustaba y a la que nunca le dijiste nada es y será siempre la mina que te gustaba si es que sigues sin decirle nada. Esa relación que podría haber sido mejor, ya fue.
It’s over, finito, kaput, boooom!

Al futuro, acción: ¿quieres revertir algo que hiciste mal? Pide perdón. Las cosas no se desanudan solas. ¿Quieres empezar algo con alguien? Actúa, invítala a salir, pasen tiempo juntos. Las cosas tampoco nacen instantáneamente: requieren de voluntad.

Y si el pendiente se actúa y no funciona, ¿qué se pierde? Un resto, quizás. Tal vez te das cuenta que estuviste aferrado a un pendiente que la otra persona nunca querrá concretar. ¿Y qué? Move on, da vuelta la página, hay más gente allá afuera esperando una conexión real. Seamos felices ahora. Corramos riesgos. Hagamos esa llamada que hemos estado evitando. Resolvamos, avancemos, porque eso de quedarse atrapado en los pendientes es como irse a vivir a un cajón de calcetines huachos.

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Pequeñas emociones, grandes decisiones

Nos encanta creer que somos seres racionales, sensatos. En mi fantasía personal, las decisiones que tomo son reflexivas y tienen que ver con un análisis de pros y contras, con la mejor decisión posible para mí, mi entorno, la ecología y la paz mundial. En la realidad, la cosa no es tan así y unos estudios demuestran que la mayoría de las veces las decisiones que tomamos a largo plazo tienen su raíz no tanto en la razón, si no en la emoción.

Ya, pero ¿qué tipo de emoción? Seguro que si una emoción es capaz de impactar decisiones en el largo plazo, tiene que haber sido importante. No sé, un susto grande -alguien te robó la cartera y ahora decides no ir por esos barrios sola-, un mal rato -tuviste una mala experiencia en un restaurant y nunca volviste-, o incluso una alegría grande -te ganaste un premio considerable en un juego de azar y desde entonces, sigues jugando juegos de azar-. Ojalá fuese así de lineal.

Las emociones son fugaces: nos alegramos o irritamos con facilidad por tonteritas: alguien no te da la pasada en el taco, viste un meme que te causó risa, alguien fue más amable que lo que esperabas en el minimarket. Y después sigues con tu vida tomando decisiones “en frío”. ¿Cierto?

No.

Los estudios que ha hecho Dan Ariely y Eduardo Andrade en torno a la toma de decisiones exploran los efectos que las emociones a corto plazo tienen sobre las decisiones en el largo plazo. Todos podemos reaccionar impulsivamente y luego arrepentirnos de lo que hicimos -decimos que la emoción nos cegó, que estábamos “demasiado enojados”, que “no supimos reacccionar”, que “lo hicimos sin pensar”, que estábamos “demasiado calientes”-. El problema es que las reacciones que tenemos a nuestras emociones pueden determinar patrones de comportamiento completamente desvinculados.

Entonces, un ejemplo más bien positivo: un día te pasa algo que te hace sentir muy feliz y generoso (por ejemplo, tu equipo gana un partido de fútbol). Esa misma noche vas a salir con tu polola y, como estás de buen humor, decides invitarle todo y por qué no, llevarle un ramito de flores -en un acto jamás antes visto-. Un mes más tarde la emoción por el triunfo de tu equipo ya se ha desvanecido, pero de nuevo vas a salir con tu polola, y cuando recuerdas la última vez que salieron, te acuerdas de que pagaste por todo y le llevaste flores, así que decides repetir el gesto. Desde entonces, repites el ritual hasta que se convierte en costumbre. La razón de fondo del gesto original ya no está -la alegría por el triunfo en el partido-, pero tú -como todos nosotros- consideras que lo que hiciste en el pasado es una buena indicación de lo que deberías hacer en el futuro y al mismo tiempo te identificas con tus acciones pasadas (por ej., con ser un “buen pololo”). En resumen, los efectos de la emoción inicial terminan influyendo en una larga cadena de decisiones.

Lo que se activa cuando imitamos nuestra propia historia de decisiones es el proceso de autorréplica: es decir, así como imitamos a los otros o seguimos sus consejos en lo que se refiere a vestimenta o comida -es decir, confiamos en su criterio-, hacemos lo mismo con nosotros mismos. Cuando recordamos las decisiones que hemos tomado en el pasado, nos parecen racionales y en general, buenas e inteligentes porque, ¿qué tipo de idiota querría voluntariamente tomar malas deciones? (Respuesta: nadie, pero todos caemos). Además esas decisiones las tomó la persona que tenemos en más alta consideración (nosotros mismos). Asímismo, los humanos tendemos a recordar las acciones, no las emociones (es más fácil recordar dónde estabas el jueves pasado a las 8pm que qué estabas sintiendo).

Entonces, cuando elegimos actuar en base a una emoción, tomamos decisiones a corto plazo que pueden afectar nuestras decisiones a largo plazo. A esto Ariely le llama cascada emocional. Algo que marca una diferencia sustancial en términos de autorréplica para generar la cascada emocional es si la autorréplica es específica o si es general.

La autorréplica específica se centra en el recuerdo de acciones específicas realizadas en el pasado y repetidas irreflexivamente. Este tipo funciona sólo en situaciones idénticas a las pasadas.
Ej.: fui a la casa de Pepito por primera vez la vez pasada y terminamos agarrando, por lo tanto, la próxima vez que vaya a la casa de Pepito no me parecerá tan mala idea, porque ya tengo el antecedente que lo hice la última vez.

La autorréplica general consiste en tomar nuestras acciones pasadas como una guía general para el futuro y repetir el patrón. Recordamos nuestras decisiones, pero lo interpretamos como un indicador de nuestro carácter y de nuestras preferencias generales. Este tipo de autorrépica nos sirve para responder a la pregunta retórica “¿es esto algo que yo haría?”.
Ej: fui a la casa de Pepito y me lo agarré, eso significa que soy más bien liberal y relajada, por lo tanto, tal vez estoy dispuesta a hacer otras cosas de carácter sexual sin darle mucha vuelta.

Los resultados que ha encontrado Ariely es que la versión general de la autorréplica es la que juega el papel principal en nuestras vidas. Ahora bien, si no hacemos nada mientras sentimos una emoción, no tiene por qué haber efectos en el corto ni en el largo plazo. Pero si reaccionamos a una emoción y tomamos una decisión, podemos crear un patrón de decisiones que siga orientándonos por mucho rato.

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Bueno, ¿y en el sexo? ¿En nuestras relaciones amorosas? ¿En nuestras amistades? ¿En cómo nos comportamos con la gente que recién conocemos o en cómo mantenemos relaciones con la gente que llevamos conociendo años? Yo creo que a veces tenemos la sospecha de que las decisiones a largo plazo que hemos tomado no han sido las mejores -bien en el fondo, algo hace ruido-, pero lo obviamos porque es muy fuerte darse cuenta de que somos tan susceptibles, de que tal vez hay varias cosas en nuestra vida que hemos seguido haciendo sólo porque ya las hicimos antes, influenciados por una emoción pasajera.

Me gustaría ser tan seca como para darles un ejemplo real propio, pero creo que tendría que ser supraultraconsicente de mí misma. Se me ocurren ejemplos, a la rápida, de casos probables que a cualquiera le podrían pasar:

  • Te fue mal en la pega porque te penquearon, llegaste a la casa amurrada y a tu pareja se le ocurre hacer un avance sexual, cariñosón. Lo rechazas porque estás apestada, tal vez no en la mejor de las ondas, discuten. La próxima vez que hace un avance sexual te acuerdas de que la última vez lo rechazaste y que  discutieron y de pronto la decisión màs sensata sensata es rechazarlo de nuevo. Una escalada de desencuentros es posible.
  • Te llamó una amiga para darte una buena noticia -¡están organizando al fin ese viaje de veraneo y todas pueden!-. Cuelgas el teléfono, miras a tu cita, que tienes al frente. Hasta ese momento la cita iba más o menos fome, no tienes nada en común con el tipo y es medio sobradito, de hecho, ibas a irte inventando una excusa. Ahora, sin embargo, te parece que hay que celebrar, y ya que están aquí… Se toman unos tragos de más, se dan un par de besos locos. A los dos días te llama y te invita a salir de nuevo: por qué no, si la otra vez lo pasaste bien, ¿cierto?

 

No podemos retrotraernos a todas las decisiones que hemos tomado influenciados por la emoción, pero sí podmeos cuidar que las decisiones que tomemos en el futuro sean sin la influencia de una emoción a la base -ya sea negativa o positiva-. Cuesta su resto, pero vale la pena el intento.

Refs:
Las ventajas del deseo, Dan Ariely (basado en el capítulo 10).
Lon term effects of short term emotions http://bit.ly/2gEU6oL

 

 

 

36 preguntas que pueden hacer que te enamores

Había escuchado sobre las “36 preguntas para enamorarse” en alguna parte. Seguro fue algo derivativo: un chiste o algo por el estilo que alguien mencionó a la pasada y que después Googleé y que al final terminó definiendo, ahora que lo veo en retrospectiva, más cosas que las que me gustaría reconocer. Esto pasó hace un año, más o menos, cuando tuve que irme de Australia después de haber conocido a un tipo que me hacía reír y con el que, estaba segura, quería tener algo más. Una vida, tal vez. Pero dejemos esa historia en pausa.

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Las 36 preguntas fueron creadas para ser parte de un estudio que intentaba definir si la intimidad entre dos extraños se podía inducir mediante el intercambio de preguntas de carácter personal. Las preguntas se subdividen en 3 grupos, cada uno más desafiante que el anterior. El método del estudio se basa en la idea de que un patrón clave asociado al desarrollo de una relación cercana o íntima entre pares es la revelación de uno mismo, o el ir descubriendo cosas del otro de manera sostenida, progresiva y recíproca. En ese sentido, las preguntas son una forma de inducir esa revelación mutua.

Las personas elegidas para el estudio fueron seleccionadas considerando que debían estar de acuerdo -o al menos no en desacuerdo- respecto de temas actitudinales que fuesen importantes para cada uno. Además, se creó la expectativa de que cada pareja potencial sería similar al sujeto que iba al estudio. Y otro factor importante: antes de empezar el intercambio de preguntas y respuestas, se les dijo que la intención de la actividad era que se volviesen más cercanos.

En resumen:
+ preguntas específicas y gradualmente reveladoras
+ personas que tienen cierto grado de compatibilidad y expectativa de conocer a alguien parecido
+ la intención o disposición para generar cercanía o intimidad con el otro.

El objetivo del procedimiento era desarrollar un sentimiento de cercanía temporal, no una relación, aunque los resultados indicaron que esa cercanía se experimentó como muy real y muy parecida a la cercanía que se genera de manera natural (ya fuese amistosa o amorosa. De hecho, una pareja terminó casándose). Por otra parte, el procedimiento no desarrolla otros aspectos relacionales que tienden a tomar más tiempo, como la lealtad, la dependencia y el compromiso.

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Volviendo a la historia original: supe de las 36 preguntas después de conocer a ese australiano, pero una vez que las leí entendí por qué esas dos semanas y media me habían parecido tan intensas: habíamos voluntariamente tocado temas tan profundos y de manera tan honesta que era difícil no sentirse cercanos. Con ese tipo entendí, al fin, lo que significa volverse vulnerable para el otro sin tener la expectativa de nada más. Él fue, en realidad, el cierre de un ciclo de personas con las que había vivido el mismo proceso: conocer a alguien por las ganas reales de conocerlo, porque el proceso de conocer a alguien es bonito y estimulante.

Estando en otro país, todas las cosas de las que te puedes agarrar para definir quién eres y qué quieres se mueven, se desbalancean. Para reencontrarte tienes que ponerte al límite, reconsiderar todo lo que pensabas que te definía. Y eso te hace abrirte a los otros de una manera diferente. Sí, sí, todo ese cliché.

Tanto de lo que hacemos cuando estamos en contextos “seguros” se vuelve calculado: sabemos hasta dónde queremos llegar con alguien, qué queremos obtener de esa experiencia, cuál es el alcance o impacto posible en nuestras vidas. Controlamos todo lo que podemos controlar porque volverse vulnerable es peligroso: definimos tiempos de llamada y de respuesta, entramos en esa danza bien conocida de dejar que el otro te busque, hacerse el difícil, jugar al despistado o la femme fatale, etc. Toda esa esa danza que ahora me saca bostezos y me irrita (y en la que, más chica, estuve muy atrapada).

Me acuerdo de cómo estaba cuando lo conocí: esperando nada de nada (lo había conocido por una App y ya casi salía con gente por deporte, acostumbrada a tener que buscar conocer gente nueva como fuera), tratando de calmar mi angustia sobre si me quedaba o me iba de Australia, aferrada a mis afectos en uno y otro extremo del mundo. Había salido con un montón de tipos que conocía por Tinder o Happn y entendía que el interés que podían tener en mí era limitado: algo así como anecdótico (“salí con una chilena, no sabe si se queda o se va del país, su vida es un desastre”), aunque con muchos de ellos forjé una amistad duradera. Lo bonito fue que desde ese lugar -desde la incertidumbre y la vulnerabilidad- fue posible vernos el uno al otro. En dos semanas entendí mejor quién era él que a mucha gente con la que he compartido muchos otros momentos, pero jamás nos hemos hablado en serio.

Ese australiano fue el último de una larga lista de personas -pinches y amigos/as- con las que, porque yo no tenía nada que perder, fui radicalmente honesta. Hablaba con cuanto sujeto se me cruzaba por delante. Quería generar conexiones reales porque a menos que hiciera eso, yo no existía para nadie en ese país: estaba sola, toda la gente que me conocía estaba en cualquier parte del mundo, menos ahí. Necesitaba que los otros supieran quién era yo no solo porque necesitaba nuevos amigos, sino porque una existencia carente de relaciones íntimas, honestas, es una existencia que se vive como en el aire. Y yo quería desesperadamente existir. Así que mientras estuve en Australia me dediqué a conversar con la gente, a escucharla de verdad.

Cuando volví a Chile sentí que me empecé a pudrir por dentro porque por algún motivo ya no estaba teniendo conversaciones relevantes. Ni con mis amigos ni con mi familia ni con mis pinches. Era difícil trasladar la misma honestidad a una vida donde sí hay más cosas en riesgo, o donde las relaciones están previamente “dadas”, o sea, donde no hay que hacer mucho esfuerzo para que la gente pesque que existes. Estaba todo funcionando, sí, pero era plano, plano, plano. Y digan lo que quieran decir, pero incluso el sexo mejora mucho si hay una conexión con el otro, un entendimiento de quién es ese otro, qué busca. Estaba hambrienta de ese tipo de conversaciones y no sabía cómo hacer el switch para tenerlas sin parecer una loca de patio.

Y entonces se me ocurrió lo de los perfiles. Creo que los perfiles tienen que ver con eso, con la búsqueda de intimidad, con crear un escenario para hablar de verdad. Con armar algo -intimidad, cercanía, honestidad- que en lo cotidiano nos cuesta. Y eso es bonito y me hace feliz.

***

Hace un par de viernes atrás, en la casa de un amigo, me acordé de las 36 preguntas. No sé por qué lo mencioné, pero el asunto es que éramos tres -yo, mi amigo, y un amigo de mi amigo- y decidimos responder la mayoría de ellas.

Lamento decir que no estamos viviendo locamente enamorados los tres, ni mandándonos cartitas expresando cuánto nos queremos, pero sí pasó algo más o menos mágico: mi amigo, que no era tan cercano, se volvió una persona que me importa y hacia la que siento un afecto genuino. El amigo de mi amigo, que no era nadie -porque no lo conocía-, se convirtió en alguien que siento que conozco y en quien podría confiar. Pocas veces se sale de un carrete con saldos tan positivos.

Ah, y ¿el australiano?
Esa es otra historia.

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La invitación queda abierta. Tengamos conversaciones más relevantes con la gente que queremos y con los extraños que tal vez podrían ser parte de nuestras vidas. Menos small talk y más interés genuino. Menos “sí, estoy súper” y más “tengo ganas de saber en qué estai, ¿vamos a tomarnos unas cervezas?”. Y también: si estás saliendo, joteando, pololeando, casado, ¿por qué no mejor tener conversaciones ricas -que te enriquezcan, que te transformen- en vez de hablar de tonteritas?

Puedes ver las preguntas traducidas en el set de fotos que dice “36 preguntas” (http://bit.ly/2eK2bpZ) y también, si se te hace fácil el inglés, puedes acceder a las preguntas a través de la app del New York Times (www. nytimes.com/36q)

Referencias:
The Experimental Generation of Interpersonal Closeness http://bit.ly/1F60DLK

The 36 questions that lead to love: http://nyti.ms/1y5N2o8

“To fall in love with anyone, do this”, Mandy Le Catron para Modern Love: http://nyti.ms/1yNghvE

Put to test: 36 questions (video) http://ind.pn/2aEXOd1

The Skin Deep parece haber agarrado algo de esto, porque es un estudio creativo que se centra en explorar las conexiones humanas en la era digital. Su documental The And, premiado por los Emmy, indaga las dinámicas de las relaciones humanas modernas a través de parejas que prestan su testimonio.
The Skin Deep http://www.theskindeep.com/
The And http://www.theand.us/

¿Es importante el tamaño?

La cantidad de veces que he escuchado esta pregunta me da hasta un poquito de vergüenza porque hay gente para la que esto es una duda existencial. Si la misma energía y tiempo que le dedican los hombres a esta pregunta la dedicaran a aprender idiomas nuevos, todos hablarían al menos 3 idiomas de manera fluida. O tal vez ya habría cura para todo tipo de enfermedades. Y habríamos resuelto el problema de la distribución de la riqueza. Y así.
¿Importa el tamaño del pico o no? (me rehuso a decir “pene”, acostúmbrese).
Tengo mi opinión al respecto, pero antes les contaré sobre un par de estudios. Vamos.

*

Lo primero que uno debiese preguntarse es: ¿por qué importa el tamaño? ¿Acaso hay una correlación entre tamaño y placer sexual? Y si no la hay, entonces ¿por qué nos sigue importando?

Como el tema del tamaño les importa tanto a los hombres ha habido numerosos intentos para determinar el “tamaño normal”, y el asunto siempre varía: depende de si se trata de medidas flácidas o erectas, del grupo racial y la edad de los sujetos, de quién toma las medidas, etc.
Un estudio reciente determinó que el tamaño promedio de un pico erecto es 13,12cm, con una circunferencia de 11,66cm. La longitud y circunferencia fláccida fueron de 9,16cm y 9,31cm respectivamente. Los sujetos evaluados fueron 15.000 hombres de distintas edades y grupos étnicos, la mayoría europeos o del Medio Oeste.

En un sentido estricto -reproductivo- el pico debiese ser únicamente suficientemente grande como para fecundar la vagina. Por otra parte, en términos de placer, al parecer es más importante cuánto dura el encuentro sexual y la función eréctil durante el mismo. Las mujeres parecen preferir anchura a longitud cuando se trata de sentir placer. De manera predecible, las mujeres que prefieren estimulación vaginal profunda, prefieren picos más largos. Si se considera que el orgasmo clitoridial es el que está más a la mano (pun intented), el tamaño no importaría demasiado.

Se hizo un estudio en el que 170 mujeres participaron y se encontró lo siguiente:
– 20% considera que la longitud del pico es importante,
– un 1% que es muy importante,
– mientras que el 55% lo considera poco importante ,
– y el 22% totalmente irrelevante.
Las opiniones sobre la circunferencia siguen el mismo patrón. La longitud resultó ser, en todo caso, menos importante que la circunferencia: 21% y 32% respectivamente. Las mujeres que consideraban la circunferencia importante, solían también considerar importante la longitud .

Un estudio en Australia intentó demostrar que el resultado evolutivo con el que nos enfrentamos hoy en día respecto del aumento de tamaño del pico se debe a una preferencia femenina. El estudio consistió en testear, con imágenes digitales, qué tan atractivo era considerado un cuerpo masculino por parte de las mujeres, variando y combinando el tamaño del pico, la altura y la forma del torso.
El estudio concluyó lo siguiente:
– el tamaño flácido del pico tiene una influencia significativa en qué tan atractivo se considera ese cuerpo. Los hombres con picos más grandes eran clasificados como más atractivos, pero era una relación no-linear (el aumento proporcional en atractivo comienza a declinar en tamaños mayores a 7.6cm en promedio
– el tamaño interactúa con la forma del torso y la altura para determinar atractivo sexual. Los hombres más altos y con mayor ratio hombro-cadera eran considerados más atractivos.
– El tamaño del pico tenía un mayor efecto en el atractivo de hombres más altos que en hombres más bajos.
– Tamaños más grandes de pico y mayor altura tenían impactos casi equivalentes en el atractivo masculino. Un hombre con una figura con forma de pera y un pico de mayor tamaño, no era mejor evaluado.
– La elección evolutiva de parejas sexuales, por parte de las mujeres, habría resultado en el desarrollo de picos más grandes, y en términos más amplios, se concluyó que la selección sexual precopulatoria juega un rol en la evolución de las características sexuales.

***
Ok, dejemos de pensar en estudios, veámoslo en términos subjetivos.
A lo largo de mi vida he conversado con mucho hombre traumado con la idea del tamaño, he escuchado a mucha mujer quejarse del tamaño y también he hablado con mucha gente -hombres y mujeres- que me ha dicho que el tamaño no importa nada.
En algunos casos los hombres se pueden sentir tan perjudicados por el tamaño de su pico que terminan teniendo una performance que deja mucho que desear, pero la causante ahí es más su ansiedad que el tamaño mismo.
Como un estudio señala* -último estudio, lo juro- mientras los hombres sigan equiparando el tamaño del pico con su masculinidad, seguirán sintiendo una innecesaria ansiedad sexual. Los hombres, a lo largo de su vida y a pesar de haber logrado otras cosas que podrían validar su “masculinidad” siguen queriendo tener picos más grandes, incluso cuando ya están viejos.

En general cuando me hacen preguntas de este tipo -o cuando yo misma pienso qué tanta relevancia tienen estas cosas-, las invierto, o sea, cambio el sexo: ¿es realmente importante el tamaño de las pechugas / el poto / la cintura? Invertir la pregunta, desplazar el sujeto y el objeto, me ayuda a pensar más claramente sobre el asunto. ¿Hagamos el ejercicio?

Conozco hombres que siempre eligen estar con minas pechugonas y miran pocazo a minas planas. Otros prefieren estar con minas potonas. A otros les importa que sean super flacas y jamás estarían con una pasada de kilos. A otros les gusta que haya de dónde agarrar. Tiene sentido, cada uno puede tener sus gustos, ¿cierto?
Creo que en general en el caso de las mujeres hetero corre la misma ley: hay mujeres a las que les encantan los picos grandes y se mueren de depresión cuando ven un pico chico. Hay mujeres a las que las deprime que el tipo sea pelado, pero si tiene pelo, todo el resto está bien. Hay mujeres a las que eso no les importa tanto, pero sí les importa que el tipo sea alto. Hay minas a las que no les importa que sea alto, ni bajo, ni que lo tenga grande ni chico, pero les da ataque si tiene las manos como empanadas. Podría seguir, pero espero que ya se hayan hecho una idea. ¿Importa el tamaño? Sí, si es que es te importa el tamaño. No, si es que no te importa el tamaño.

¿Qué se puede hacer si a pesar de todo esto te sigue preocupando tenerlo chico? Creo que hay que ser vivos, más que nada. Hay que asumir que hay cosas que no podemos cambiar y que podemos manejar mejor si aceptamos que son como son, valorando otras cualidades que tenemos que son atractivas y seductoras. La idea de centrarse en una sola cualidad y dejarse amargar por ella me parece un poco tonta y poco efectiva. Y por último, si uno siente que anda medio descompensado por un lado, compensa por otros. (Tengo una hipótesis no probada: los hombres con picos más chicos son un poco overachievers en la cama y eso los hace más entretenidos: se preocupan más de que el otro lo pase bien y tienden a desarrollar otras habilidades o talentos -mejor sexo oral, mejor previa, más seductores, etc.-).

***

En resumen: evolutivamente el tamaño impacta -relacionado con otras variables, por selección natural-, culturalmente el tamaño impacta -los medios masivos y la cultrua refuerzan un estereotipo del tamaño asociado a la masculinidad-, y subjetivamente puede impactar o no, porque hay gente a la que le importa y gente a la que no.

Un consejito: si lo tienes chico, las minas a las que les importa el tamaño no van a estar súper contentas. ¿Lata? Sí, pero quién te manda a tratar de convertir a justos en pecadores y vice-versa. Busca a tu público cautivo, céntrate en tus pros más que en tus contras. Búscate a alguien para quién esa característica no sea crítica.
Ah y también sería bueno preocuparse más de ser un sujeto interesante, simpático, buena gente y con sentido del humor en vez de obsesionarse con el tamaño. Puedes tener el tamaño perfecto, pero si eres un imbécil se pone difícil la cosa.

Fuentes:
Penis size: is there a correlation with sexual satisfaction? A scientific look -Independent http://ind.pn/1EglRcl
What importance do women attribute to the size of penis? – http://bit.ly/2e37N16
Penis size interacts with body shape and height to influence male attractiveness http://bit.ly/2eglu87

Para los que quieran ahondar más:
– VIDEO: Does size REALLY matter? http://dailym.ai/2epvRqz
– Does size matter? Men’s and Women’s Views on Penis Size Across the Lifespan http://bit.ly/2eeOw93