“ERES EL MOTIVO DE ALGUIEN PARA MASTURBARSE”

El otro día me topé con este post que es una variación del más vainilla y edulcorado “eres la razón de alguien para sonreír” y me gustó. Pucha que me gustó. Lo veo como una continuación de lo mismo, tal vez con más intención, un poco más de verdad. La frase original pretende hacerte sentir bien porque tú haces sentir bien al otro. La segunda, la parafraseada, también.

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REDESCUBRIR EL TACTO (Parte II)

NOTA: como lo dice el título, esta es la segunda parte de las ideas resumidas de Sensate Focus in Sex Therapy. The Illustrated Manual, de Linda Weiner y de Constance Avery-Clark. (Asuman que la información dura pertenece al libro y que el resto es mío). Continúa leyendo REDESCUBRIR EL TACTO (Parte II)

REDESCUBRIR EL TACTO (Parte I)

NOTA: Lo prometido es deuda: dije que iba a escribir un artículo útil e informativo sobre sexualidad y, voilà (son varios, en realidad). Resumiré – parafraseando y citando- Sensate Focus in Sex Therapy. The Illustrated Manual, de Linda Weiner y de Constance Avery-Clark (está en Amazon, chiquillos). Este es un manual para terapeutas sexuales que describe la teoría y los ejercicios de Sensate Focus.  Continúa leyendo REDESCUBRIR EL TACTO (Parte I)

Volver a las canchas

Me escribe una chica que no lo está pasando bien. El tema: el acostumbramiento a los cuerpos, o tal vez a un cuerpo en particular y el cómo volver a las canchas. Y, aturdida por una avalancha de flashbacks de hace años, muy poco elegantes, con muchos pañuelos de papel y mocos, le digo que sí. Que sé de lo que habla.

*

Me dice que luego de haber estado con alguien por mucho, mucho tiempo, el volver a la soltería y encontrarse con otros ha generado encuentros sexuales que le han resultado desafiantes: no se siente libre de hacer lo que a ella le gusta, de decir ciertas cosas. Territorio extranjero.

Y es que hay que ir tanteando. Y en el tanteo a veces uno termina caminando en puntas de pies, como para no molestar, como para no parecer rara, como para no desencajar.

Está hablando de sentirse alien. Y ay del que no lo haya vivido, porque es de esas sensaciones para las que uno nunca está listo.

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Quizás porque yo soy irremediable y ridículamente nostálgica -al punto de que a mí misma me agota- me pasa que siempre que estoy con alguien calibro cuánto extrañaré a ese cuerpo, cuánta falta me hará esto que en este momento tengo tan a la mano, cuánto compararé ese cuerpo a otros cuerpos posibles. Y en ese mismo momento empiezo a echar de menos estando presente. Y me pierdo.

Pero ese cálculo no es por nada. Es por que la mayoría de las veces -a menos que ese encuentro sea excepcional, relevante, impactante, estelar, magnífico- las personas pasan. Las relaciones se terminan más temprano que tarde. Nos agotamos y luego es bye, bye, alligator, after a while, crocodile. Sniff.

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Pienso que tal vez todo lo que hacemos respecto del amor y del sexo tiene que ver con encontrar un cuerpo y una cabeza que nos parezcan un hogar posible, o un origen, o una respuesta a una pregunta que no nos habíamos dado cuenta de que nos habíamos venido haciendo hace tiempo.

Bang, bang, bang, paaaafff.

Caer desfallecidos sobre una cama y decirle al otro: “Hazme lo que quieras”.

Para mí el amor -o el comienzo del amor- es adorar un cuerpo y sus particularidades: la forma en que alguien se retuerce cada vez que le da un ataque de risa, la manera en que achina los ojos cuando se siente feliz, la forma en que su piel responde a mi manera de tocarlo. Sus lunares, sus pecas, sus cicatrices, sus leves pliegues de piel que no alcanzan a ser arrugas. Quiero memorizarlo todo y por eso me paso mucho tiempo mirando: porque siento que si no lo hago, ese cuerpo se me evapora.

*

Tu cuerpo es mi cuerpo.

O eso es lo que sentimos en algún momento. Como si el cuerpo del otro fuese un territorio conocido al revés y al derecho. Como si lo más normal de la tierra fuese tener ese cuerpo a disposición. Estirar la mano, rozarlo con la punta de los dedos, acercarse a su cuello y olerlo, besarle la oreja.

Y qué fantasía más bonita esa, la de la compenetración absoluta, la de la eternidad del tiempo.

*

Después del amor o de una relación larga o de acostumbrarse a un cuerpo tanto que ese cuerpo se ha vuelto un refugio, es duro volver a otros cuerpos. Ese quiebre es un final, y ese final exige un siguiente volumen: una continuación de una historia que ya no es la misma de antes, un giro. Requiere reajustarse, volver a hacer preguntas, partir de cero. Resucitar la curiosidad. Recuperar la paciencia.

La intimidad -de la que creo que hablamos poquísimo para lo importante que es- requiere de tiempo, de intensidad, de voluntad. Y la lata es que normalmente cuando salimos con gente nueva nos armamos con una cantidad de capas protectoras que nos inmovilizan. Cual guerrero medieval en plena batalla, ponerse la armadura es inteligente y sensato, pero al mismo tiempo, limitante -nadie corre cual gacela con tanta protección, nadie es una tina tibia en la que uno sumerge la punta de los dedos si andamos tiesos y nerviosos-. El resultado: la torpeza. Nada fluye. Tener sexo es tan relajado como una clase de crossfit (y no salgan con que aman el crossfit porque incluso los que lo practican saben que es una práctica sadomasoquista disfrazada, que en el fondo es similar a pellizcarse los pezones con pinzas).

¿Cuánto nos demoramos en ver realmente al otro? ¿Cuánto tiempo tendremos que invertir para aprender a saber qué le gusta, para poder proponerle cosas que queremos hacer con él o simplemente hacerle a él? ¿Cuánto tiempo para que entienda la diferencia entre un saludo con un beso con lengua y otro que es solo un roce de labios? ¿Cuánto para decirle en la cama las cosas que apenas nos atreveríamos a escribirle?

Toma tiempo. Eso es todo lo que sé.

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Una felicidad sencilla: cuando en plena calentura se pierde el decoro sin perder de vista al otro. Cuando a pesar de que ese cuerpo nos sea todavía desconocido o ajeno, nos atrevemos a decir: hazme esto, tócame así, dime esto. Cuando el otro en vez de pasmarse, lo hace.

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Pienso en la vergüenza, en el pudor. En cuánto uno deja en la cancha y cuánto se guarda.

Un consejo de mi sabia madre, que pocas veces he seguido: “No te vayas al chancho a la primera, por favor” (viste mamá, te escucho, solo que no te hago mucho caso. Perdóooon). Pero he desobedecido por un buen motivo: porque la situación lo exige. Porque si no hay riesgo -un exponerse, un vulnerarse- el sexo se vuelve fome, un lugar común, mecánico y predecible, polite. Y para tener sexo educadito, mejor ver sola una serie en Netflix.

Si uno va por el camino salvaje, como diría Lou Reed, hay poco de lo que aferrarse, y eso da susto. Proponer algo y que te digan que no. Tocar a alguien de una manera y que no le guste. Decirle que algo te calienta y darte cuenta de que la sola idea les repele. Atroz. Hundámonos todos.

Atroz, pero mejor que nada. Mejor que tener sexo tibión.

Riesgos, pero riesgos buenos, en cualquier caso, porque mientras antes uno sabe qué piso está tocando, mejor, ¿o no?

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Toma tiempo. Toma tiempo desacostumbrarse de un cuerpo y volver a encontrarse con otros. Toma tiempo también porque si uno viene de una relación larga, hay cosas que uno da por hechas -pequeñas comodidades que uno no se cuestiona y que la soltería pone en jaque: hay inseguridades porque a esa persona nueva no tiene por qué gustarle mucho tu cuerpo ni no ser crítico contigo. No tiene por qué mirarte con amor ni mucha tolerancia-. En una relación la base está en la aceptación mutua: este es tu cuerpo, este es el mío, nos gustamos. Con una persona nueva hay un periodo de testeo, de tratar de entender los ritmos del otro. De cachar en qué plano estamos.

Yo no sé si hay tiempos engranados en nuestras cabezas -tiempos para llorar y extrañar, tiempos para odiar, tiempos para recogerse a pedacitos- pero intuyo que sí. E intuyo que lo tiempos son proporcionales también a la intimidad que se ha tenido con esas otras personas. Es más fácil olvidar un enganche pasajero que un enganche intenso y prolongado.

Recuerdo haber salido de una relación hace mucho mucho tiempo y sentirme devastada porque no sabía qué hacer con mi cuerpo ni con mi cabeza para poder pensarlos como algo distintos a los de él, cómo hacer para asumir que tendría una historia que en el futuro sería divergente, con otra persona.

Tal vez no podemos hacernos los tontos con esto: el tiempo que pasamos compartiendo con otros -y, obviamente, con sus cuerpos- es un tiempo en el que nuestros cuerpos se adaptan a su presencia, a su manera de tocar, a la historia que ellos mismos se cuentan y en la que nos incluyen. Cuando esos caminos divergen, requiere de un periodo el volver a nuestro centro a reacondicionar las piezas.

Y es recién ahí damos vuelta la página, empezamos de nuevo, y recién ese comienzo es el puntapié para volvernos a enamorar. O al menos a tirar bien.

No funcionar

Me llega una sugerencia, de parte de un lector, para hablar sobre cuando “no funcionamos” sexualmente. Primero, aclarar: ¿qué significa “no funcionar”?

En los hombres -dejaré otro post para las mujeres-, usualmente nos referimos a:

  • Disfunción eréctil o impotencia (o en buen chileno, cuando no se para),
  • Eyaculación precoz (o, perdonando el francés, irse cortado demasiado rápido, durar poco -siempre subjetivo-). Es la incapacidad de controlar la eyaculación, ya sea eyaculando antes de la penetración o después, en breve (o brevísimo) tiempo.

Ojo: hay un montón de desórdenes o malestares psicológicos, y enfermedades o síntomas fisiológicos que afectan la experiencia sexual. En sexualidad, a todo esto, un problema es un problema cuando el sujeto lo pasa mal y/o genera dificultades interpersonales. Hay parámetros, pero todo es bien relativizable y siempre es necesario chequear la multiplicidad de factores que pueden estar afectando: desde una herencia neurológica, enfermedades concurrentes, hasta problemas relacionales.
*Esta parte me da un poco de lata porque es lo que sale en todos los artículos de internet, así que si alguien quiere que haga un post más técnico, que lo pida y feliz ordeno la info, pero por ahora creo más interesante pasar a otras cosas. A tu cabeza y a la mía, por ejemplo.

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Pongámonos en el escenario más catastrófico, clásicamente heterosexual: tienes un encuentro casual con una mina que te gusta/calienta y a la hora de los quiubo no se te para. Pongámosle un nivel más de dificultad: a la mina le encanta la penetración, para ella un acto sexual completo tiene que incluirla. Un nivel más: para ti también es fundamental: tener sexo “de verdad” es penetrar (y todas esas ideas de la Edad Media). Entonces, nada: se supone que deberías estar en pleno y tu mini-me no funciona. Te falla en la trinchera. Los dioses no están contigo.

La salida lógica: huir. Obvio. Porque no tienes la confianza como para pensar que se verán de nuevo y recomponer la experiencia, y tampoco le vas a empezar a contar por qué andai tenso o que en realidad te pone muy nervioso estar en una situación en la que piensas que te están evaluando…porque aunque ella te dijera que le da lo mismo, no le creerías, porque obvio que al día siguiente -O TAL VEZ AHORA MISMO- le está mandando un Whastapp contándole a todas sus amigas que no funcionaste. Eso hace, evidentemente, que te pongas más nervioso y que -¿es posible?- hasta se te encoja un poquito.

Pffff. Si es así, mejor ni intentar tirar, ¿o no?

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Ay, el caos. Ay, qué hacer. Ay, qué presión. Así es como algo que en teoría es uno de los placeres más básicos y exquisitos de la experiencia humana se puede convertir en una pequeña pesadilla.

Entonces, ¿qué significa “no funcionar”? ¿Por qué nos importa? ¿Qué nos pasa cuando “no funcionamos”?

Uso las comillas apestosas porque no adhiero a la idea de funcionamiento, aunque entiendo que sea así como lo expresamos porque normalmente pensamos el sexo de estas formas más o menos pencas: como una manera probar nuestro poder/ potencia sexual -demostrarle al otro y a nosotros mismos que sabemos hacerlo, que somos buenos en la cama- o como una manera de afirmar nuestra sexualidad. En ambos casos el sexo es una manera de lograr algo más: una herramienta para un fin. Por eso: “no funcionar”.

Ante el mal rato que implica el que el cuerpo nos “juegue una mala pasada”, sentimos cosas: algunos se avergüenzan, otros se frustran, otros se hacen los locos, otros se esfuerzan en superarlo buscando soluciones rápidas, algunos tienen problemas de autoestima y otros se ponen súper ansiosos respecto del sexo.

Pero el asunto central está en entender que el cuerpo no te hizo una zancadilla: tú eres tu cuerpo. Tu cuerpo no dejó de funcionar y tu cabeza no te cagó la onda. Nadie traicionó a nadie: no hay un juego de dobles porque lo único que hay es tú -tú completito- en una situación sexual, haciendo como si estuvieras sobre un escenario jugando todos esos roles. ¿Quién es el culpable? ¿El inconsciente? ¿Ese otro yo desdoblado que no soy yo pero que tiene poder sobre mí? Pensar así, es obvio, no tiene mucho sentido, porque es insistir en la disociación.

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Cuando estamos en la cama estamos enteros, y creo que todos los problemas que uno pueda creer que tiene aparecen cuando entramos en la lógica disociada: está mi cabeza, pero no estoy en cuerpo; o está mi cuerpo, pero mi cabeza anda en cualquier parte. Es súper penca, porque cuando eso pasa no es que sea intencional: se siente como si fuese inevitable, como si algo más grande que nosotros mismos hubiese decidido ya.

La propuesta va por otro lado. ¿Qué pasaría si en vez de funcionar nos ocupáramos más de estar presentes? (Sí, suena a bullshit zen, pero dame un momento). ¿Si en vez de angustiarnos por si se nos pone más o menos duro, si duramos más o menos aguantando eyacular, etc, nos enfocáramos en lo rico que es estar con el otro? ¿En el privilegio de poder compartir tu cuerpo con el otro? ¿De poder tocarlo y dejar que te toque? ¿De probar maneras de acercarse, roces posibles? ¿Si en vez de calcular cuánto duras te concentras en la manera en que el otro respira, en la forma en que su cuerpo se pega al tuyo, en la manera en que tu piel le despierta cosas a su piel?

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Desde el momento en que el sexo deja de operar como función, nuestros cuerpos también: hay una liberación. Porque, al igual que con otros placeres, la actividad cambia de cualidad ante nuestros ojos: si voy a comer para obtener energía para correr una maratón, tal vez pondré poca atención al talento culinario con el que se preparó la comida. Sí, estoy comiendo, pero estoy enfocado en otra cosa que no es la comida, y la misma actividad -masticar, alimentarse, digerir- va a generar una sensación distinta y provocarme cosas diferentes a si, por ejemplo, preparo un plato porque quiero probar un tipo de cocina que nunca he probado antes -estaré atenta a qué hace que sea diferente, qué la caracteriza-, o porque simplemente siento hambre -tengo GANAS de disfrutar de algo que siento que me estaba faltando-.

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Cerraré con una opinión personal.

Me ha pasado tener encuentros con gente con la que he andado a tropezones. Pasa, no he salido invicta. Pero las veces en que esa situación -de dificultad eréctil o de eyaculación precoz- ha sido tema ha sido cuando el tipo se ha frustrado o aislado, cuando en vez de explorar otras cosas se ha concentrado en cabecearse contra la pared, cuando por vergüenza o frustración se ha vuelto frío o ha perdido interés en lo que estábamos haciendo. Es raro, porque cuando pasa eso es como si en medio de una fiesta uno de los invitados decidiera que se acabó todo y prendiera las luces -y uno queda como “¡nooo, pero si justo ahora íbamos a bailar mi canción preferida!”, con la pintura corrida y la propia dignidad un poquito herida-. Las fiestas no son unilaterales. Si estamos en algo, estamos los dos en la misma.

Como mujeres también nos pasa. A veces uno no está al 1000%: no te mojaste tanto, o te pasa que la descordinación de los cuerpos te mata. O cachai en mitad del asunto que tal vez estarías mejor en tu propia cama, viendo Netflix y engordando voluntariamente a punta de chocolate. Zancadillas mentales. Tropezones que te sacan de la parte más rica de estar con el otro: darse cuenta de que se eligieron, de entre todas las otras personas posibles. Darse cuenta de que se gustaron. Darse cuenta de que mutuamente han puesto el cuerpo del otro a disposición para pasarlo increíble /mejor que cualquier parque de diversiones). Y ¿qué hace la mina atormentada? Mira el techo mientras la penetran. (Punto extra y estrellitas para los hombres que cuando se dan cuenta de que hay un problema de hidratación, si bien no de entusiasmo, se ofrecen a a hacer sexo oral).

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Me importa bien poco qué terminamos haciendo en la cama, pero sí me importa un montón que lo que sea que hagamos lo hagamos con ganas, como si se fuera a acabar el mundo, con una desesperación adolescente por descubrir el cuerpo del otro. Si no, me da lata. Entonces si a mi pareja, transitoria o de largo plazo, “no se le para” o “acaba rápido”, me da lo mismo, mientras eso no signifique que alguien decide irse taimado a su casa. Los invito a pensarlo así. A seguir bailando.

 

Refs.: están buenos estos links

https://kinseyconfidential.org/ pueden mandar preguntas y se las responden.

http://www.bumc.bu.edu/sexualmedicine/physicianinformation/epidemiology-of-ed/ Causas posibles de disfunción eréctil.

https://kinseyconfidential.org/los-recursos-en-espanol/problemas-sexuales-comunes-la-disfuncin/

 

Hablar sucio

ADVERTENCIA: este no es un posteo suavecito, así que los sensibles, favor abstenerse.

Hace unos días me llegó una pregunta sobre cómo hablar sucio -el “dirty talk” del sexting, del sexo telefónico y de la cama-. Convengamos en que cuando queremos excitar a alguien, hablar de lo bonito que son sus ojos no es lo más efectivo.

Tengo en mi celular el pantallazo de una conversación hot que mi amiga D. tuvo con un tipo de Tinder. No voy a entrar en detalles, pero hay harto de meter, chupar, rajar, chorrear, tragar, tirar el pelo, etc. Cuando lo leí me sonrojé (además de felicitar a mi amiga por su talento descriptivo). Personalmente la idea del sexting me pone muy nerviosa, porque creo que el riesgo de fracaso es demasiado alto (faltas de ortografía, puntos suspensivos, una palabra mal usada y pafff). Otra cosa es en el acto. Pero, bueno, de eso quiero que hablemos hoy. Yo no soy experta y se me ocurrió hablarlo con dos amigas, S. y D. Todo lo que viene a continuación es esa conversa digerida.

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Algo que siempre pregunto cuando entrevisto gente para los perfiles sexuales es si les gustan que les digan cosas en la cama y qué ha sido lo mejor o lo peor que les han dicho. Acá nunca hay puntos medios: o les encanta o les carga. Muchas mujeres me han dicho que les gusta que las traten de “zorras” o “maracas” o “putas”. Uno me dijo que se le pasaba todo cuando le decían “papi”. Una amiga casi se murió de vergüenza ajena cuando un tipo le dijo “¿quieres mi lechita?”. De que hay variedad, la hay.

A D. el tipo le mandó una foto anatómica y le dijo “Es lo más grande que puede estar sin estipulación de ningún tipo. Lo quieres ver más grande…”. Ojo, ESTIPULACIÓN. Quería decir “estimulación”. Así es como de un momento a otro algo erótico se puede convertir en un chiste (grupal, a estas alturas, ya que todas queremos estar “estipuladas”).

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Hay dos escenarios donde se da la conversa “sucia”: larga distancia o presencial.

LARGA DISTANCIA

Por teléfono, ya sea llamado o chat, por Skype, por mensajitos, por Facebook, por Whatsapp, por mail, por lo que sea. Según D., este tipo de conversación encierra una promesa de lo que el otro quiere hacer contigo o de lo que fantasea, y en esa medida, el lenguaje tiene que tener un carácter más duro cuando se trata de partes del cuerpo: acá no caben as delicadezas como “pene”, “vagina”, “nalgas” ni -Dios mediante- “colita”. Cursilerías, no (y estoy muy de acuerdo). Palabras más vulgares, si se quiere, como “culo”, “teta”, “pico”, etc. Una descripción de lo que quieres hacer con el otro o lo que le quieres hacer. Lo que calienta, entonces, es enterarse de esa promesa, fantasearlo juntos.

Yo creo que para tener ese tipo de chats sin que sea repelente, es súper importante meterse un poco en la cabeza del otro y conocer qué le gusta, qué lo mueve, qué lo excita. Hay minas y hombres a los que les gusta algo de violencia, para otros es lo menos erótico que hay. Entonces el “te voy a tirar el pelo” puede ser o muy excitante o simplemente poco sexy. Tener estas conversaciones en frío -sin conocer a la persona o sin tener suficiente intimidad- es arriesgado, pero si te sale bien, celebramos todos.

PRESENCIAL

Frente a frente, o antes de tirar o durante. Acá hay un salto, porque a la distancia la recepción negativa puede atenuarse, pero si estás en la cama se nota altiro y puede haber un desajuste que arruine la onda. Ahora bien, lo bueno es que se puede dar un escenario más exploratorio, ir tanteando y tener feedback altiro.

Cuando es a la distancia hay una promesa que excita, cuando estás en persona, ¿de qué se habla?  En principio, de lo que te gusta: de lo que te están haciendo o quieres que te hagan ahora ya, de cómo se siente lo que están haciendo. Se refuerza el acto con órdenes, con indicaciones.

Acá yo también creo que es clave el juego de roles -no necesariamente escenificado-, y para eso es necesario entender qué excita al otro. Por ejemplo, hay muchas mujeres a las que les calienta que las traten de “perras” o “zorras” o “putas” o “maracas”, y eso puede funcionar súper bien si su pareja tiene la misma fantasía complementaria (la del sujeto que castiga o corrige, por ejemplo), pero también puede ser una receta para el desastre si el otro no está en esa sintonía (“dime zorra”, “ehhhhh ¿zorra?” o al revés  “eres mi puta, dilo”, “ehhh soy…tu… ¿puta?”). Personalmente yo prefiero que me digan cosas y me saca mucho del momento decir cosas yo, entonces cuando me he topado con un narrador deportivo o de entrevistador –“¿te gusta? ¿y ahora? Dime qué estás pensando”- me dan ganas de salir corriendo. Pero ojo, esa soy yo. Tal vez a otras personas eso les encanta.

Para ahorrarse el mal rato hay que hacer la pega antes: hablar un poquito de qué le gusta al otro. Esto puede ser hecho de manera súper indirecta, tal vez averiguando qué tipo de películas le gustan (y no, no me refiero a preguntarle por su porno preferida, pero sí cachar qué tipo de historias le atraen: ¿le gustan las historias donde la mina es super power o es una flor inocente? ¿se identifica con las malas de las películas o con las víctimas? Las personas entregan un montón de información que tiene que ver con su imaginario sexual. Hay que estar atentos).

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LÍMITES

¿Es necesario ser violento o decir cosas brutales para hablar sucio? ¿Hay que impostar un poco? ¿Hacerse el bacán?

Sosteniendo el principio básico de que el sexo es uno de los pocos espacios de libertad absoluta que uno puede tener: NO es necesario hacer nada en la cama con lo que uno no se sienta cómodo. ¿Y si te lo piden? Prueba. ¿Y si no te gusta? No lo haces más. ¿Y si el otro se siente? Ese es problema del otro.

Según S. hay que decir lo que uno quiere decir y tirarse: es exploratorio y el riesgo de cagarlas siempre está presente. Obviamente, evitar ser un rayado y decir “te quiero cortar la cabeza etc”. En el tanteo se va revela hasta dónde se puede ir llegando. Hay que ser asertivo: no porque a ti te caliente, le calentará al otro. Tal vez el mejor consejo es este: partir liviano.

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Todos sabemos que tener sexo involucra más que el cuerpo: sí, hay dos (o más) cuerpos que deciden tocarse, pero también hay cabezas, hay recuerdos, hay fantasías, hay ideas sobre lo que es sexy y lo que no, hay ideas sobre lo que es correcto hacerle un cuerpo o no. Hablar durante el sexo es una manera de conectar esa cabeza al cuerpo. Hay algo bonito en eso: en tratar de verbalizar lo que es pura carne y movimiento. En poner atención no solo a cómo te tocan, sino también a la agitación del respirar del otro, a las cosas que está dispuesto a decirte. Hay cosas que uno dice en la cama que en ningún otro escenario serían aceptables y no tomar ese espacio para decirlas es perderse de una oportunidad liberadora.

Es difícil tener buen sexo si se siente vergüenza. Es por eso que las primeras veces suelen ser un poco decepcionantes: uno tiende a jugar dentro de lo convencional, como para no espantar. Pero si lo miramos por lo que es, si uno ya está en la cama, tiene pocazo sentido hacerse los pudorosos. Si ya estás sin ropa con alguien, ponerse receloso de “no quiero que piense mal de mí porque me gusta x cosa” o “me da vergüenza esta posición” o “me da plancha decir x” es bien contraproducente.

 

 

Links

Perfiles sexuales: https://veronicawatt.com/perfiles/

Wanderlust: talking dirty https://youtu.be/4utAnqqfLEw

Me gusta tu cuerpo

Estábamos sentados en un bar decorado a lo cubano vintage, con hojas de palma, asientos de cuero, luces bajas, meseros de camisas blancas con bigotitos coquetos y corbatas humitas. Él tenía los ojos azules, el pelo castaño oscuro, ondulado, una barba de tres días, la piel blanca. Era delgado y había algo frágil en su cuerpo, casi infantil. Le pregunté cómo le había ido con lo de las citas y me dijo que bien, aunque no sonaba muy convencido. Insistí: ¿cuál fue tu última cita? ¿Qué pasó? Y me dijo que simplemente no habían hecho click. Después de mucho rato, de darse vueltas hipotetizando sobre lo difícil que es encontrar gente que realmente le gustara, me dijo que la chica no le había atraído físicamente: era más gorda de lo que a él hubiese preferido y le ganaba como por una cabeza y media de altura. Me confesó esto achinando los ojos, bajando la vista y después me pidió perdón, diciendo que no quería sonar discriminador ni despectivo.

Él prefería que sus parejas fuesen de su altura o más bajas que él. ¿Por qué? Uno puede hipotetizar, pero no creo que importe. También le gustaba que no fuesen mujeres gordas. ¿Eso lo convierte en un idiota? No. O al menos no necesariamente. ¿Era un tipo superficial? No, bajo ninguna circunstancia (y lo digo con propiedad porque lo conocí bien). ¿Por qué la culpa, entonces?

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Me he topado con harto de esto últimamente: gente que piensa que el hecho de que tengan ciertas preferencias físicas los puede hacer ver más o menos pelotudos o superficiales, como si de pronto tuviesen que gustarles todos los cuerpos. Lo he escuchado de personas preocupadas, abiertas de mente, con una conciencia liberal que alcanza, tal vez, el ridículo. Porque una cosa es no hincharle las pelotas a la gente por su cuerpo, no ser un bully, dejarlos vivir tranquilos y respetarlos, tengan el cuerpo que tengan, y otra cosa muy distinta es que uno tenga una preferencia por ciertas características físicas. El preferir algo, el sentirse atraído por ciertas formas, no implica el despreciar a las otras.

Voy a referirme a mí experiencia porque es lo más directo: en Tinder la gente pone su altura. Yo mido apenas 1,57m, o sea estoy más cerca del metro y medio que de cualquier otra cosa, jaja. A veces me he topado con perfiles que explicitan que les gustan las mujeres altas. ¿Qué hago ahí? ¿Me ofendo? ¿Me irrito? ¿Me traumo? No po. Si no es ese, habrá otro al que este atributo mío, que no puedo cambiar, no le parezca poco atractivo. Y tal vez incluso hay otros a los que les parece atractivo, un público cautivo para las pequeñas (…llámame, miau).

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A veces me topo con gente que me dice “no me importa tanto el físico” o “no tengo un tipo físico”. Entre ambas afirmaciones hay una gran diferencia: en la primera lo que la gente quiere decir normalmente es “no me importa tanto que la persona con la que estoy cumpla con el estándar de belleza socialmente deseable” y en el otro es “no tengo una preferencia por ciertas características por sobre otras”. La primera respuesta la entiendo, aunque no es suficiente. Claro, tal vez la persona no se fija tanto en si el tipo tiene ponchera o no, pero sí le importan otras cosas. Con la segunda, lo que yo pregunto es al tiro qué les repele. Y si ahí no hay una respuesta concreta, entonces están mintiendo. Y después uno puede preguntar por otras cosas que también prefieren o valoran: la actitud, la parada, el estilo, la personalidad, los hábitos, los intereses, etc.

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El asunto es el siguiente: la manera en que habitamos el mundo es físicamente (todavía no existe la conciencia humana sin cuerpo). No caí en la cuenta sobre lo importante que son los cuerpos hasta que me empezaron a faltar: cuando alguien ya dejó de estar y no lo puedes abrazar. Cuando estás lejos de alguien a quien te gustaría tocar o besar. Y sí, hay cosas que atenúan la distancia: hago llamadas de Skype y Whatsapp con amigas que viven en otros países y verlas y escucharlas a cada una es casi tan bueno como tenerlas cerca, pero no es suficiente. Si la larga distancia amistosa es difícil, cuánto más lo es la larga distancia amorosa o sexual, cuando se te acaban las palabras para decirle a alguien cómo te gustaría tocarlo, cuando se abre la brecha entre lo que un cuerpo puede decir y hacer.

Los cuerpos importan. Los cuerpos que tenemos, lo que hacemos con ellos y si decidimos o no acercarnos a otros cuerpos.  La manera en que esos cuerpos manifiestan afecto o deseo, la forma en que esos cuerpos se valoran. Hay cuerpos que nos parecen más atractivos que otros. Hay cuerpos que uno toca y es como volver a casa. Hay cuerpos que uno toca y no entiende cómo puede ser que ese cuerpo no haya estado desde siempre con nosotros. Poner atención a los cuerpos que nos mueven, atraen, despiertan afectos o erotizan es una manera de enriquecer ese contacto y de estimular nuestro día.

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Una de las primeras cosas que te enseñan cuando quieres aprender a escribir historias es la frasecita “show, don’t tell” (“muestra, no cuentes”), es decir, hacer que para el lector las cosas pasen sin dárselas previamente digeridas, resumidas o descritas. Es una de las cosas que a mí más me cuesta, porque requiere de verdad ponerse a pensar en cómo nos comportamos y en los detalles físicos o gestuales que marcan la diferencia.

Por ejemplo, si quieres hablar sobre tu protagonista no dices “era un tipo atractivo e inteligente”, sino que tienes que mostrarlo siendo atractivo -ya sea describiendo lo que a ti te parece atractivo e inteligente y esperar que a tu lector le parezca lo mismo, o describir su comportamiento, el efecto que tiene sobre los otros, su manera de moverse-. La primera descripción es tan fácil que resulta aburrida y comunica poco: “era atractivo e inteligente” no puede sino ser una vaguedad abismal de lugares comunes porque, ¿qué es ser atractivo? ¿qué es ser inteligente? Ay, pero cuando uno se pone a mostrar en vez de describir, las cosas cambian. El personaje adquiere tridimensionalidad, una presencia, un cuerpo. Y en ese cuerpo está todo lo que ese personaje puede o no experimentar. En ese cuerpo están todas sus posibilidades.

Como en el nuestro.

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Hace una semana me robaron el celular. Por mera estupidez no tenía respaldadas las fotos y de entre todas esas fotos que perdí, hay una específicamente que echo de menos: la parte de atrás de una oreja -y ahora que lo busco sé que esa parte se llama hélix-. Fue una foto que saqué sin querer de una persona de la que me enamoré un poco. En la foto se alcanzaba a ver parte de su cuello, su pelo y justo en ese pedacito de piel curvado tenía unas pecas. Hasta que le mostré la foto no me creyó: nunca las había visto, esas pecas. Hay algo de su cuerpo que yo le mostré y sobre lo que él no estaba al tanto. Ahora que esa persona no está cerca tengo que esperar de nuevo a verla para poder disfrutar de esa oreja. Y no es una oreja cualquiera: es una sola preciosa oreja.

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Pensemos -y si se puede, llevémoslo a la práctica, ejercitemos- el identificar qué nos gusta de los cuerpos de los otros. Lo hacemos con los niños un montón -nos acercamos las guaguas a la nariz y decimos que nos gusta su olor o que son lindas o encantadoras por tal o cual cosa-, pero hace falta que lo hagamos con los adultos también, con nuestras parejas, pinches o amigos. Que nos acordemos de decirnos cuánto nos gustamos y que seamos específicos cuando lo hacemos. Hay cosas que nosotros somos capaces de ver en el otro que son bonitas y que el otro tal vez todavía no conoce. Qué buen regalo ese, ah.

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Me gusta la forma en que abres los ojos cuando me estás contando algo que te interesa. Me gusta que tengas los antebrazos peludos. Me gusta tu risa contagiosa. Me gusta que se te hagan margaritas. Me gustan tus pestañas largas, largas. Me gusta que seas más alto que yo. Me gusta que si quieres me puedas levantar en brazos. Me gusta que cuando estás pensando frunces el ceño un montón y me dan ganas de desanudártelo. Me gusta cómo tu cuerpo se apoya en el mío cuando estás cansado.

Historial sexual

-¿Con cuántos te has acostado?

Abre los ojos, espera, se ríe nervioso. Esta pregunta es tan inocente como peligrosa. Me la han preguntado tantas veces en distintos momentos de mi vida, que ya he aprendido a saber qué significa.

Le pregunto por qué quiere saber. Si responde con una buena justificación, le cuento, obvio. No tengo rollo. Pero dice: “Por curiosidad no más”.

Me abstengo.

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Contamos cosas. Una manera de resumir quiénes somos, cuando queremos presentarnos a los otros, es enumerando las cosas que hemos hecho y que disfrutamos, la frecuencia con las que las hacemos. ¿Haces ejercicio? ¿Qué tan seguido? ¿Has viajado? ¿A dónde? ¿Te has repetido algún destino? ¿Fumas, tomas? ¿Mucho, a veces, poco, nada? Contamos la cantidad de relaciones relevantes que nos definen, los vínculos que nos importan. ¿Cuántos hermanos tienes? ¿Cuántas veces has pololeado?  ¿Te casaste? ¿Tienes hijos? Estas cifras nos permiten entender las decisiones que hemos tomado, la manera en que decidimos vivir nuestros días. Nos ayudan a sacar conclusiones rápidas para hacernos una idea de quién es el otro.

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MINDF*CKS:

– Regla de tres: los hombres multiplican el número de parejas sexuales por tres, mientras que las mujeres lo dividen por tres.
– Cifra aceptable: tu edad divida en 2.
– Recomendaciones: si vas a sacar la cuenta y quieres bajar la cifra, no consideres los encuentros sexuales que fueron sólo de una vez, porque “no valen”. Considera únicamente los “relevantes”.

Pfff, I call bullshit, pero me interesa lo que hay detrás de todas estas reglas y recomendaciones.  ¿Por qué el hombre preferiría inflar y la mujer a disminuir la cifra? ¿Qué probamos con eso?
Una cifra alta para el hombre: tiene experiencia sexual, es seductor, macho alfa, hábil sexualmente, deseable.
Una cifra alta para la mujer: es una zorra, no se valora a sí misma, es necesitada, ninfomaníaca.

En Google me aparecen por defecto búsquedas que me preocupan: “cómo saber si una mujer tuvo muchas relaciones sexuales?” y “¿cómo saber si tu novia miente respecto de su pasado”.

Jóvenes: ¿por qué importa lo que tu potencial pareja sexual hizo antes de ti? ¿Qué prueba el hecho de que tenga muchas o pocas parejas sexuales? Y, ¿cuánto es mucho o poco?

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Históricamente el cuerpo femenino se ha considerado propiedad masculina -ya todos nos sabemos la cancioncita, pero denme un minuto-: por ejemplo, en la época medieval era necesario asegurar la virginidad de las novias porque era la única forma de garantizar la paternidad (y así legitimizar la posterior herencia de las propiedades del padre). Por lo mismo, se llevaban a cabo exámenes para verificar que el himen estuviese intacto -virgo intacta-, o se esperaba que en la primera noche de la luna de miel la mujer dejase las sábanas manchadas. La virginidad tenía poco que ver con los valores y la moral, y más con la pertenencia y la legitimidad para acceder a bienes. La condición sexual de una mujer medieval era un asunto público porque su virginidad no era un asunto personal, sino que le pertenecía o a su padre o a su futuro esposo. Siguiendo esa lógica, en la Edad Media se usaban técnicas para “recuperar” la virginidad, incluso hoy existen cirugías reconstructivas del himen (himenoplastía …una curiosa aproximación a la idea de “volver a ser virgen”, si se me permite decirlo).

Fast-forward a hoy en día, cuando hay píldoras antoconceptivas y existen pruebas de ADN, cuando no hay forzosamente un contexto moral religioso que asocie pureza, virtud, bondad y lo que se nos ocurra con castidad y cuando entendemos que tanto hombres como mujeres pueden hacer lo que quieran con sus cuerpos. En este nuevo escenario la pregunta por el historial resulta un poquito burda, para no decir alarmante. Si el control del cuerpo de la mujer, de su historial, ya no es justificado ni por motivos económicos ni por motivos religiosos ni por el riesgo de embarazo, el hecho de que siga siendo tema se escapa de toda lógica. A menos que haya algo todavía más oscuro detrás de ese control: que una mujer sexualmente activa resulte una amenaza.

 ¿O sea que una mujer puede llegar y tener sexo con quien quiera, sin consecuencias?

 ¿O sea que una mujer puede decidir activamente tener sexo y no “perder” la virginidad ni que dispongan de su sexo?

 ¿O sea que puede voluntariamente actuar su deseo sexual?

¿Así, como un hombre?

Chuuuuuuuuuuuuuuu.

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Se puede ser sexualmente activo sin ser moralmente defectuoso, teniendo valores. Tiene que ver con cómo tienes sexo con los otros. ¿Tienes sexo con personas que te gustan y que valoras como seres enteros? La raja. Por el contrario: ¿Tratas a tus parejas sexuales como cosas?  ¿Tienes sexo para conseguir cosas a cambio? ¿Tienes sexo egoístamente y usas a los otros para tapar tus inseguridades? Penca.

No tiene que ver con el número, sino con la forma.

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Tracey Cox, terapeuta sexual, recomienda nunca revelar la cifra porque en sí misma es poco informativa si no tiene contexto. ¿Queremos sacar conclusiones? Entonces necesitamos más que una cifra.

Como botón de muestra, Tracey cuenta que hace unos años entrevistó a tres mujeres que tenían alrededor de 30 años: la primera había tenido sexo con 26 hombres, la segunda con cuatro y la tercera con ocho. Si se considera la cifra, la primera sería juzgada más duramente por un potencial compañero sexual, pero ¿era ella realmente la más promiscua? Entonces agrega: la chica que había tenido 26 amantes había tenido en promedio dos amantes anualmente desde que tenía 17 años y había sido, desde entonces, casi mayoritariamente soltera. La que había tenido sexo con ocho hombres, había tenido 4 de esos encuentros durante una escapada de fin de semana a un resort, mientras su marido -con el que llevaba 10 años casada- se quedaba en casa cuidando a los niños. La última, que había tenido sexo con cuatro hombres había tenido un trío con dos tipos que había conocido en una discotheque, en pleno callejón. Cuando lo hizo tenía 18 y ella misma reconocía que era medio rebelde a esa edad. Como consejo, Tracey recomienda no revelar la cifra nunca, porque la gente supone cosas que tienden a ser erradas (a menos que el que pregunta sea tu doctor, tu ginecólogo o tu terapeuta).

La cifra, a fin de cuentas, lo único que hace es remover las emociones y las circunstancias. Y ¿qué es sexo sin emociones ni circunstancias?

Poco o nada.

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Hace aproximadamente dos años estaba conversando con H., una amiga australiana que se convertiría -por esta y tantas otras conversaciones similares- en una de mis mejores amigas. Yo trataba de explicarle la mentalidad virginal-numérica-latinoamericana: ¿era muy slutty acostarse con alguien si la experiencia no iba a llegar finalmente a ningún lado? ¿Valía la pena tener sexo con alguien si era conducente a…a nada?

Me miró frunciendo el ceño, tratando de entender: ¿cómo que “a nada”?

Y yo: “a nada”, a nada “serio”.  En el fondo, a nada más que a sexo.

Desde mi punto de vista, representado a Chilito Lindo, trataba de explicarle que sentía que una experiencia sexual adicional que no fuese realmente significativa era como usar zapatos taco agua en una calle de tierra. El seteo que tenía en mi cabecita era que algo se perdía cuando se tenía sexo que no era conducente a “algo más”. Entonces después venían los azotes mentales, y tratar de forzar algo que nunca iba a ser porque realmente no daba para más -como para disminuir la culpa-. A la base -trataba de explicarle-, está la idea de que podemos tener sexo con alguien, pero sólo si nos gusta mucho y/o si tiene futuro, porque o si no es un desperdicio o uno es demasiado puta. Como si hubiese una proporción específica de deseo y proyección que hiciera que el acto se volviese “más puro”.

Entonces H., cual Kahlil Gibrán, me respondió con una anécdota: hacía años un amigo gay le había dicho, aconsejándola sobre el mismo tema, que cuando H. llegase a su lecho de muerte probablemente no estaría arrepintiéndose de toda la gente que se tiró, sino de toda la gente no se tiró. De los besos que no dio, de las escapadas sexuales que no tuvo. De los tipos con los que podría haber tenido algo y no lo tuvo.  De los riesgos que no corrió.

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No estoy promoviendo tirar con cualquiera, porque el número -cuantitativo- no tiene que ver con quién -cualitativo-. Confundimos harto esto, a pesar de ser una diferencia esencial. En el fondo, cada uno sabe con quién tirar y por qué lo hace. Uno debiese ser lo suficientemente despierto y responsable como para saber qué tipo de sexo le acomoda tener -de nuevo, cualidad-, pero esto no se trata de un número. No te vas a arrepentir a la mañana siguiente “oh, pasé a los dos dígitos, soy una mierda”, si no probablemente de “oh, no me acuerdo a quien me tiré ayer, cresta”.

En este sentido, preguntar “cuántos” para sacar conclusiones sobre el otro es poco revelador. Sería más interesante preguntar “quiénes” o “cómo”. En vez de pensar en número, pensemos en intensidad, relevancia, valor, diversión. O entendamos la cifra con contexto. Lo pasaste bien con cada uno de ellos y uno es el amor de tu vida, ¡la raja! ¿La mayoría son personas con las que estuvo súper entretenido y de ahí incluso salieron buenas amistades? Bacán. ¿Con cada uno aprendiste cosas diferentes? Súper. ¿Rescatas la manera en que te tocaron y apreciaron tu cuerpo y tu cabeza? ¿Fue chistoso, apasionante, te sentiste segura, contenta, descubriste algo en el camino, te enamoraste un poco, es una buena anécdota o experimentaste acrobáticamente? La raja. Qué rico que tu vida sexual haya sido una celebración de tu cuerpo, del cuerpo del otro, de tus ganas.

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La verdad es que a mí me importa bien poco con quiénes han estado mis parejas sexuales y espero más o menos lo mismo de vuelta. Lo que sí me importa es que la persona se sienta cómoda con su cuerpo, que esté dispuesta a explorar cosas conmigo, que considere su pasado, pasado, y que cuando estemos en esas, esté presente en una sentido completo, mental y físicamente.

Tener sexo con una persona que uno elige libremente, porque quiere compartir y disfrutar con ella, es algo que en sí mismo tiene valor. No necesita estar anudado a un proyecto ni a una continuación repetitiva, ni a un contexto relacional para que sea una experiencia memorable o placentera. Se puede tener sexo una sola vez con una persona y que ese encuentro sea significativo. Así como también se puede tener sexo casi todos los días y que se sienta que es tan emocionante como lavar los platos. Se puede tener sexo dentro de una relación o fuera de ella, y no se es ni más ni menos zorra por eso. Sencillo, ¿cierto?

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Una especie de post-data antes de la postdata: el único motivo por el que el número podría interesar sería si hubiesen dudas de alguna ETS -es bien conocido el dicho de que cuando te acuestas con una persona, te estás acostando con su historial-, pero si nos comportamos como adultos responsables y usamos protección, la pregunta resulta irrelevante.  Si no se quiere correr ni un riesgo, en vez de preguntar por la cifra cada uno puede acordar hacerse un chequeo de ETS antes de tener sexo, especialmente si se quiere hacer sin condón. Es mil millones de veces mejor bancarse el pudor y proponer el chequeo a bancarse una ETS. Y ojo, el condón no protege de todo, así que un chequeo completo al menos anualmente, por sanidad mental propia, es siempre recomendable.

Referencias:

Tracey Cox: http://dailym.ai/2kBilXp

Medieval virginity testing and virginity restoration: http://bit.ly/2m1iCjv

Para los que quieren hacer el ejercicio, calculadora de compañeros sexuales indirectos (no es una herramienta diagnóstica, ojo): http://bit.ly/1URyu6M *Calcula un número aproximado de partners sexuales de tus propios compañeros sexuales, considerando la cantidad de parejas sexuales que tuviste y sus edades al momento del encuentro sexual, y lo multiplicn por el número de parejas que estadísticamente tus compañeros habrán tenido y el número de parejas de estas han tenido, y así, seis veces … prepárense para un microinfarto.

Para ver una colección de opiniones diferentes sobre si importa o no la cifra: http://tcat.tc/2k4nW6D . Me gustó este fragmento de la última opinión: “Para mí el compañero que 1. te transmite una ETS, 2. te lleva a la cárcel, 3. te hace sentir culpable, 4. hace que un marido, esposa, padre, hermano, hijo, hermana, etc. agarre una pistola y te salga persiguiendo, 5. trae un niño no deseado al mundo…es un compañero extra innecesario. Cualquier compañero antes de eso me parece bien”.

Promedio de partners sexuales según Kinsey Institute: http://bit.ly/2ex7loa .
El promedio de parejas sexuales de sexo opuesto a lo largo de la vida entre hombres y mujeres de 25-44 años en EEUU es de 6,6 para hombres y 4,3 para mujeres. El porcentaje de hombres y mujeres de entre 15 y 44 años que han tenido 15 o más parejas sexuales del sexo opuesto a lo largo de su vida es de 21,8% para los hombres y 10,6% para las mujeres. Sobre el 50% de los encuestados de entre 18 y 24 años señalaron que su pareja sexual más reciente era producto de un encuentro casual o de dating. Para el resto de los grupos etarios, era producto de una relación.