Tener ganas

Un amigo me dice que hace años que no le atrae de verdad alguien. Una amiga ya no se calienta con su pareja. Otra me dice que ha pasado tanto tiempo que ya se le olvidó tirar. Un amigo tira, pero sin emoción y eso le arruina el cuento un poco.

Sentimos, a veces, que el deseo se apaga. Pero esa es una manera muy muy fácil de decirlo: “se apaga”, como si alguien más decidiera por nosotros. A veces le ponemos nombre a ese otro al que le echamos la culpa: decimos que nuestra pareja ha cambiado y por eso ya no es atractiva, que los tipos con los que salimos son pencas entonces así no se puede o que nuestro signo zodiacal y las estrellas y bla bla bla. Y así.

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La gente dice “no logro engancharme” o “no me dan ganas de tirar” o “nadie me atrae” o “ya no me caliento” y la sarta de cosas que dicen después hacen que suene a que es algo estático y de causal externa, una condena a la que se han acostumbrado.

“No tiro, pero ya no es tan importante”. Hay gente que es menos sexual (y no me estoy refiriendo a ellos, ni tampoco a trastornos sexuales ni a causas físicas o psicológicas que puedan incidir), pero hay gente para los que el sexo fue importante y de pronto ya no lo es. Algo que era placentero se volvió una lata. Ahí hay que tomar cartas.

“Salgo y salgo con gente, pero nadie me gusta, me aburro”. De toda la gente que conoces, al menos alguien debe calificar para algo, sea o no viable. Nadie dice que tiene que gustarte para casarte, pero sentir esa chispa, ese revoltijo interno, ese temblor antes de ver a alguien que te gusta es un placer que yo creo que tenemos que cultivar. Quizás no te gusta la persona completa -no sé, tiene tal vez gustos en música que te parecen deplorables-, pero sí te gustan partes de ella de las que puedes disfrutar -pueden hablar de películas, te agrada su compañía o tiene unos labios muy besables que usas para ese fin precisamente-.

“No me caliento con nada”. ¡Con nada! ¿En serio? ¿Qué tiene que llegar, el pack completo? Ya, y por último, por tu cuenta: un poco de sexo con la persona que más amas (tú mismo) no le hace mal a nadie. ¿Ni siquiera eso? Si tú mismo no te puedes estimular y entretener, ¿cómo esperas que otro lo haga?

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¿Por qué perdemos la capacidad de gozar de los otros?
En parte creo que hay un seteo bien rígido de cómo debemos gozar del otro: o nos gusta o no nos gusta -absolutista-, y luego si nos gusta, tiene que haber un componente sexual o por el contrario, si no nos gusta no puede haber un componente sexual. Y así.

Mi experiencia me demuestra que la vida es bien al lote y por lo mismo, he tratado de ir cambiando esas ideas. Fantaseo durante el día con gente con la que en la práctica no pasaría nada -juego a “Podría tirármelo?”, un juego muy sencillo para conectar con las ganas-. Me junto con gente que me gusta, pero a veces no me gusta completa y lo paso increíble igual. Me junto con gente que me hace reír -y ahí hay goce- ,con gente que me parece atractiva físicamente -y ahí hay goce de nuevo-, con gente que me estimula intelectualmente -y ahí hay goce-, con gente que piensa distinto a mí -y ahí hay goce-. Y si dejo que alguien me toque -ojo: yo elijo que alguien me toque- ahí hay goce también y disfruto de la experiencia (aunque no sea el amor de mi vida, aunque no cumpla con todo lo que quiero para una relación o ni siquiera para repetir, ¡celebro ese encuentro!).

También creo que esperamos que otros nos resuelvan cosas. Que otros te encanten, fascinen. En Tinder lo veo harto: “quiero alguien que me sorprenda”, “quiero a alguien que me haga reír”, “quiero a alguien que me desarme”. BACÁN, todos queremos eso, pero antes de quererlo tal vez hay que preguntarse si nosotros mismos somos sorprendentes, si nosotros mismos somos alegres y divertidos, si nosotros mismos somos capaces de reinventarnos. Si la respuesta es sí, entonces dale, pon la vara que quieras porque lo más probable es que te llueva gente.

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Si andas apagado, si la gente no te parece tan interesante, probablemente tiene que ver contigo.
Para que el sexo sea fome requiere de dos (o más) personas que sean fomes en la cama.
Para que una conversación sea fome, también.

Si toda tu vida es plana, no es culpa de la gente, es responsabilidad tuya.

Tienes dos opciones, o seguir en la misma o empezar a preocuparte de pasarlo bien: con detalles chicos primero, buscando el placer para ti en cosas que a ti te gustan: desde tomarte un café hasta hacer deporte y no sé, pegarte un agarre de esos buenos con alguien que te gusta. ¿Por qué no? Pero es una decisión que hay que potenciar con ganas: hay que cultivar el goce para que tu vida sea más rica, y para eso tú mismo tienes que tener la disposición para pasarlo bien, de gozar con lo que tienes. Se parte con poco, pero después la vida es una fiesta.

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Los pendientes

Los pendientes: los “algún día” o los “podría haber sido diferente”. Los “si le hubiese dicho, tal vez algo habría pasado”. Los “en algún momento estaremos juntos, estoy seguro”. Los “siempre ha habido química, pero…”, los “me encanta, pero nunca se ha dado”.

Los pendientes. Los putos pendientes. Los pendientes son bien como la cresta porque ocupan espacio y energía, pero no son nada concreto. Son perfectos, sí, pero porque no existen: no hay mejor cacha que la que no se ha tenido, no hay mejor beso que ese que aún no se da. No hay mejor pareja que esa que está por venir. “Vamos a ser tan felices”.

Los pendientes son una mentira. Son cómodos y facilones porque uno siempre llega a ellos o demasiado tarde o demasiado anticipado. Pareciera que estamos a destiempo, que si las circunstancias fuesen distintas, podría funcionar, pero oh, qué tragedia, ya fue -se casó, perdimos el contacto, pololea, ya no me habla- o no sérá todavía -porque se casó, perdimos el contacto, pololea, ya no me habla-. Pfffff.

Los pendientes siempre quedan en un purgatorio amoroso: pagan las culpas de otras cosas, estancados en un limbo que puede que no tenga nada que ver con ellos, si no, más bien, con cosas que no nos atrevemos a tocar.

Es fácil chutear los deseos hacia atrás o hacia adelante. Es fácil añorar lo que se tuvo, lo que hubiese podido ser, lo que podría ser en el futuro. ¡Es lo más fácil del mundo! Y lo que es más fácil todavía es mentirse activamente mientras se añora.

Si no tienes las pelotas para hacerte cargo de tus pendientes, no mereces que se concreten. Si tienes claro que no te los mereces y te sigues refugiando en ellos, eres cobarde. Suena pesado, sí, pero mira lo tibio de tu postura: qué manera más sencilla de vivir si elegiste añorar los pendientes: en vez de hacer, esperar. En vez de arriesgarse, quedarse en la esquina. En vez de seguir adelante, entramparte.

Todos los tenemos: pendientes más o menos reales, pendientes en los que nos perdemos cuando la vida -la verdadera, ésta- se vuelve monótona o agobiante. Los pendientes son un escape, pero en la ilusión de ese escape se te va el tiempo.

Al pasado, final: tu ex es tu ex porque no están juntos. Esa mina que te gustaba y a la que nunca le dijiste nada es y será siempre la mina que te gustaba si es que sigues sin decirle nada. Esa relación que podría haber sido mejor, ya fue.
It’s over, finito, kaput, boooom!

Al futuro, acción: ¿quieres revertir algo que hiciste mal? Pide perdón. Las cosas no se desanudan solas. ¿Quieres empezar algo con alguien? Actúa, invítala a salir, pasen tiempo juntos. Las cosas tampoco nacen instantáneamente: requieren de voluntad.

Y si el pendiente se actúa y no funciona, ¿qué se pierde? Un resto, quizás. Tal vez te das cuenta que estuviste aferrado a un pendiente que la otra persona nunca querrá concretar. ¿Y qué? Move on, da vuelta la página, hay más gente allá afuera esperando una conexión real. Seamos felices ahora. Corramos riesgos. Hagamos esa llamada que hemos estado evitando. Resolvamos, avancemos, porque eso de quedarse atrapado en los pendientes es como irse a vivir a un cajón de calcetines huachos.

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